Hace 14 años Inés París y Daniela Fejerman irrumpían en el panorama del cine español con una comedia de probada eficacia y buen ritmo. Había algo insólito y prometedor en aquel A mi madre le gustan las mujeres. Desde la propia naturaleza de la dirección, dos mujeres al unísono, el otro caso paradigmático sería el de Maitena Muruzábal y Candela Figueira; al hecho de adentrarse en un género, el de la comedia en el que muchos lo intentan y pocos lo logran.
Maíllo en Toro parece coincidir con algunos precedentes del cine español de los últimos años; ese que ya sin complejos ni memorias por reivindicar está más pendiente de Hitchcock y los Coen que de Buñuel o Berlanga. Maíllo, como antes el Agustín Díaz Yanes de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y el Enrique Urbizu de No habrá paz para los malvados, se sumerge en la oscura cartografía del género negro español.
Julieta, pese a sospechosas defensas encendidas desde la amistad, certifica que el talento de Pedro Almodóvar emite señales de hipotermia. Su arquetípico cine (mal)vive en horas blandas. Se observa una preocupante anemia narrativa en el autor que mejor radiografió la España de la transición. Y eso ocurre justo cuando el milagro de los 80 huele a truco de feria. Ahora que la movida (a)parece helada y que el contrapeso de la ruralidad manchega de unas raíces fosilizadas no (con)mueve nada, Almodóvar no corre como antaño; ahora apenas anda.
La sinopsis de Eva no duerme insinúa una espléndida idea narrativa, una amarga reflexión en torno a un cadáver convertido en símbolo y, como todos los símbolos, reducido a objeto de veneración y culto por sus feligreses o sometido a acciones de ultraje y latrocinio por sus adversarios. Esta mascarada de ensayo metahistórico con el cuerpo presente de Eva Perón, uno de esos personajes que emblematizan un tiempo, un país y una manera de vivir y sobrevivir, se articula en diferentes tonos. Se conforma como un monstruo de Frankenstein, con restos de géneros, de naturalezas y de talentos muy distintos.
A Guerín, a su cine, no se le puede aplicar el sistema de medidas convencional. A fuerza de ser fiel a sí mismo, su cine ha ido des(a)nudándose de todo artificio narrativo. Guerín ha arrojado por la borda la fidelidad al imperante sistema de géneros. Quizá el cineasta que más se le aproxima por su capacidad para fundir paradigmas y gramáticas preestablecidas, es Werner Herzog.
A veces surgen ententes de éxito entre un director y un actor. Ejemplos los hay a patadas y si nos ponemos estupendos, diríamos que Mario Casas es a Fernando González Molina lo que fue Robert de Niro a Martin Scorsese. ¡Ay, qué risa! Pues no se rían demasiado, porque Fernando González Molina es el profesional formado y forjado por la Universidad de Navarra que más taquilla ha conseguido en toda la historia.
El fluido vital, la gasolina que alimenta el motor de La novia, segundo largo de Paula Ortiz, debe mucho a Federico García Lorca y sus Bodas de sangre. Así, Ortiz arranca de una mirada ensimismada por ese estremecimiento poético tan propio del autor de Yerma, tan adobado por aromas de estampa racial, habitado por raíces de tierra, “quejíos” y miseria.
Nacida en 1979, en Zaragoza, Paula Ortiz debutó al frente de su primer largometraje en 2010. Se titulaba De tu ventana a la mía.
Además de partir de algunos de los modelos más comerciales del cine norteamericano y francés de los últimos años, (El padre de la novia, Bienvenidos al Norte), la letra interior, esa sobre la que crecen los buenos argumentos, sabía del hacer de Vaya semanita. Ocho apellidos vascos triunfó porque poseía sólido oficio en sus materiales de partida. Había talento y recursos en Diego San José y Borja Cobeaga y se daba calidad notable y estado de gracia en los actores.
El mayor hándicap que atraganta este filme dirigido y escrito por Lara Izagirre nace de una evidencia. Las alas de su lógica interna, la relación inequívoca entre causa-efecto, se resquebrajan pronto. Sin ellas se intuye que el filme no alcanzará a volar. Sus deseos de ahondar en el romance entre un joven con complejo de hikikomori y ansias de escritor y su joven novia dispuesta a ayudarle a toda costa, no podrán llegar demasiado lejos porque los pequeños detalles, los que hacen grande una película, se descuidan.


