La apariencia engaña. Hace unos días, Bayona posaba al lado de Sigourney Weaver. El director, bastante más joven que la oficial Ripley, parecía, ante la notable envergadura de la actriz, casi un niño. Nada parecía sugerir que, con el motor en marcha y la cámara abierta a la luz, Bayona se transforma en un gigante que impone su ley. En tres zancadas: El orfanato, Lo imposible y A Monster Calls, ha llegado más lejos que ningún otro director español.
No debe ser fácil llevar un apellido ilustre. Hijo y sobrino respectivamente de Fernando y David Trueba, dos torres en el ajedrez del cine español, Jonás carga con un pesado lastre. En el debe se le tributará la ayuda de la sangre; en el haber, arrastrará los tropiezos propios y soportará los despropósitos heredados.
Estamos huérfanos de un cine que tome partido con la realidad, que se manche en sus retratos, que destape lo que sospechamos pero no se airea. Por esa falta de costumbre cuando nos llega un filme como éste, El hombre de las mil caras, y nos obligar a conjugar el recuerdo que percibimos como real, con lo recreado que sin duda está mejor documentado pero nos suena a artificio, no sabemos qué cara poner.
Probablemente la lupa con la que se mire esta película de Raúl Arévalo, actor antes que director, insistirá en buscar pruebas de su naturaleza en esa corriente contemporánea del thriller a la española. En ella sus mejores representantes se llaman Alberto Rodríguez, Agustín Díaz Yanes y Enrique Urbizu. Y tras ellos se podría citar una decena de realizadores que trabajan con mayor o menor rigor, con más o menos fortuna, en un género escasamente tocado por el cine español a lo largo de su historia.
Hay muchas películas en ésta, hay muchos tiempos narrativos, hay mucha imprecisión y, entre tanto mucho, todos se olvidan de que habitaba una hermosa historia dentro. Lo que Koldo Serra no ha tenido es un buen guión. Tampoco, a la vista de su contenido, parecería que la mirada de Serra hacía de él la persona idónea para este fresco histórico. En él se muestra, como telón de fondo, el bombardeo de Gernika. Franco dio la orden, los nazis de la legión Cóndor echaron las bombas, los habitantes de un pueblo en cuyo núcleo fundacional se alza un símbolo, fueron las víctimas escogidas de lo que sería la norma de las nuevas guerras del futuro.
La figura de Ramón Mercader, el asesino de León Trotski, despierta tanta curiosidad como desconcierto. Es la suya, una historia que transciende el hecho del asesinato y va mucho más allá de la talla de sus protagonistas. Estamos ante un hecho que emerge como el símbolo de toda una época. Se podría decir que su realidad se impone como un negro acertijo en cuyas entrañas se inscribe la naturaleza de lo que fue la parte nuclear del siglo XX.
Presentada fuera de concurso en la pasada edición del festival de San Sebastián, hubo un momento desconcertante, cruel y ridículo en la proyección a la prensa especializada. Fue cuando, en medio de la gran secuencia, allí donde se despliega la pasión de los amantes y la tragedia de sus roles enfrentados en un juego macabro, en la escena cumbre, en ese momento decisivo donde debe reinar la emoción contenida y la tensión, saltaron las risas.
Si algo no se le puede achacar a Mar Targarona, directora de Secuestro, y a su guionista, Oriol Paulo, es falta de entusiasmo. En Secuestro se han puesto tantas ganas, tantas ideas, tantas referencias y tantos medios para hacer de él, un filme redondo, que su mayor debilidad reside en esa acumulación desordenada de ideas y subrayados.
Acantilado combina, en su arranque, dos imágenes primigenias del origen de la sociedad humana: el agua y el fuego. Luego, a continuación, Helena Taberna, su directora y coguionista, escenifica un ritual de muerte; un multitudinario sacrificio humano que dará lugar a un filme de acción y misterio. Su argumento bebe libremente de la novela El contenido del silencio de Lucía Etxebarría. Y su factura se adentra decididamente en ese territorio de la clase media del cine español que, con mayor o menor fortuna, directores como Alberto Rodríguez, Daniel Monzón y Enrique Urbizu, tratan de sostener
Cuando Ken Loach presentó Tierra y libertad, entrevistándole, al percibir en él un entusiasmo por lo que significaba el sacrificio de miles de milicianos republicanos, le pregunté al director británico quiénes, en la España del final de los 80, podían ser y actuar como los soldados republicanos de su película. No lo pensó ni un segundo. “Mis actores”, contestó sin dudarlo. Entre aquellos actores, había una mujer llamada Icíar Bollaín, la más convencida entre las (con)vencidas.

