Cortometrajista (y bueno) durante unos cuantos años, Esteban Crespo se suma a la nueva remesa de directores españoles dispuestos a reclamar un hueco en un panorama dominado por apergaminadas producciones televisivas hechas de ansias comerciales y maltrechas por deserciones autorales.
Pedirle a Álex de la Iglesia un cine de equilibrio y cálculo, de serenidad y estrategia, es reclamar lo imposible, Ese cine no sería suyo. Al director de El día de la bestia y de Acción mutante lo que hay que demandarle, lo único que resulta pertinente esperar de él si de verdad interesa su universo interior, es coherencia, desvergüenza para ir hasta el final de sus planteamientos y fuerza para no desmoronarse ante el enorme castillo de naipes que representa cada uno de sus nuevos proyectos.
Una creencia muy extendida sostiene que de una mala novela puede surgir una gran película. Orson Welles se encargaba de alimentar esos bulos haciéndolos realidad, y no fue el único. El guardián invisible por el contrario, insiste en demostrar que de una mediocre novela lo que brota, salvo que medie un genio por allí, no es sino una lamentable película. En ese sentido Fernando González Molina respeta y hace suyo el imaginario de Dolores Redondo.
La boda como texto y pretexto se ha impuesto como materia nutriente de buena parte de las comedias de la contemporaneidad. Un subgénero lleno de referentes al que Carlos Therón aborda desde la tradición del cine español atendido éste como carne de comedia hiperbólica de mueca gruesa y butifarra fina. Es por tu bien se abre y se cierra con una boda. En realidad casi todos los participantes son los mismos.
Cerca de dos años ha tardado este singular y extraordinario trabajo en poder llegar a los cines comerciales. En el Zinemaldia de 2015 empezó su carrera pública. Allí se supo que el trabajo dirigido por Pedro Rivero y Alberto Vázquez era una de esas exquisiteces tan deslumbrante como bizarra. En la ceremonia del Goya celebrada el pasado mes de febrero de 2017, todo su equipo levantaba el cabezón a la mejor película hecha con dibujos animados, en medio de una algarabía jubilosa.
Fiel a su ideario, a Mateo Gil hay que reconocerle la singular firmeza de apostar por historias nada convencionales. No lo son. Ni los guiones que ideó para Amenábar (Tesis, Abre los ojos, Mar adentro, Ágora) ni los que le sirvieron para sus propias películas: Nadie conoce a nadie y Blackthorn. Tampoco frecuenta el lugar común del cine español este Proyecto Lázaro estructurado en dos niveles, concebido con dos estéticas para diferenciar dos tiempos.
La cabra tira al monte y al cine español, en cuanto se le deja, le sale el esperpento y le puede la sal gruesa. En esos casos todo se conduce bajo el influjo de una hambruna de risa, una orfandad de divertimento. En cuanto se rebajan las pretensiones de aparentar calidad artística, al cine español le come la angustia de tener que conjurar el horror cotidiano con la sonrisa. Lo malo es que, casi siempre, le nubla un exceso de caspa.
Se equivoca la (ultra)derecha mediática, hecha de tertulianos sin rumbo y polemistas sin con(s)ciencia, al boicotear a La reina de España. Se equivoca por confundir lo que dice el Fernando Trueba personaje, con lo que hace el director. Meten la pata por juzgar sin ver. Por prohibir sin percibir. La cosa viene de antiguo, de tiempos de inquisición y censura. Pero quienes, justo por lo contrario, acudan como feligreses devotos en desagravio y defensa a ver la película, también pisarán en falso, también errarán sin remedio.
Una carpintería teatral robusta con sólida y pesada estructura, condiciona el vuelo cinematográfico de Las Furias. Como se sabe, los condicionantes del teatro, salvo en costosas producciones de escaparate y festival, determinan que los habitualmente pocos personajes, estén delineados con trazo marcado y anécdota densa. Por cuestiones de producción, en el teatro no hay personajes fugaces, ni secundarios sin fuste.
Cada vez que se estrena una incursión en el cine policíaco español, surge la tentación de hacer caja y revisar una verdad a medias. Parece indiscutible que el franquismo no cultivó este género que proyecta luz sobre las cloacas del poder. En apariencia no abundaron títulos porque en aquellos años de sangre y cárcel, los cuerpos policiales se dedicaban a la caza política mientras que la censura no veía con buenos ojos que, en el paraíso de su “excelencia”, pudieran asomarse a las pantallas los monstruos de su cara oculta.

