A partir de un relato casi iniciático con el que debutó hace 30 años Javier Cercas, Martín Cuenca, buen lector y sólido profesional del lenguaje cinematográfico, alumbra este trabajo. Durante mucho tiempo se pensó en llamarlo como la obra original, El móvil; finalmente, se impuso “el autor”, probablemente porque la palabra móvil ha sido colonizada por las terminales telefónicas, algo que en 1987 todavía no había ocurrido.

Una creencia discutible, pero razonada, expone que la obra de Isabel Coixet podría articularse entre las películas que rueda en inglés, -las buenas-, y las que hace en castellano, que si no malas, son peores. No sería del todo exacto, pero algo de ello podría sostenerse.

Ante la percepción de lo que Handia es, se adivina pronto lo que sus autores, no quisieron que fuera. Inspirado en un personaje histórico cuya existencia permanece entrecruzada en un nudo complejo que ata lo real a lo imaginario, la leyenda con la verdad; la historia del gigante de Altzo se impregna de los claroscuros del final de un régimen y el comienzo del otro.

Aunque lo que describe Morir acontece aquí y ahora, su semilla germinal hay que fijarla en la novela homónima de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931). Allí, en ese contexto de la Austria que años después vería desmoronarse el sueño de Europa devorado por el monstruo del nazismo, Schnitzler compartió ciudad y tiempo con gentes como Stefan Zweig y Sigmund Freud.

Con el cambio de siglo, el cine español, asfixiado por tanta película de boina y caspa, pareció encontrar, como el francés, una salida renovadora en el terror. En nuestro caso, había una escasa tradición. El costumbrismo reina en el catálogo de la Filmoteca Española.

odo en Verano 1993 sabe de las sombras y los sobreentendidos. Por ello, nada es explícito. Y porque nada lo es, hay en esta pieza, de precisa orfebrería, un equilibrio insólito entre el desgarro personal y el deseo de formalizar un estilo propio. Indudablemente estamos ante una ambiciosa aspiración. Reto alto para una ópera prima que muestra una saludable sensación de solidez.

Nacido con el cine en la cuna, Víctor García León (1976) pronto destacó como un director precoz. Tenía veinte años cuando hizo su primer corto en el que aparecían Juan Luis Galiardo y su propia madre, Eva León. Con 25, estrenó su primer largo, Más pena que gloria (2001).