Si no se supiera que su director se llama Antonio Méndez Esparza y que nació en Madrid, nada al ver La vida y nada más haría sospechar que su realizador no es un afroamericano nacido en la América más profunda.
A partir de un relato casi iniciático con el que debutó hace 30 años Javier Cercas, Martín Cuenca, buen lector y sólido profesional del lenguaje cinematográfico, alumbra este trabajo. Durante mucho tiempo se pensó en llamarlo como la obra original, El móvil; finalmente, se impuso “el autor”, probablemente porque la palabra móvil ha sido colonizada por las terminales telefónicas, algo que en 1987 todavía no había ocurrido.
Ante la percepción de lo que Handia es, se adivina pronto lo que sus autores, no quisieron que fuera. Inspirado en un personaje histórico cuya existencia permanece entrecruzada en un nudo complejo que ata lo real a lo imaginario, la leyenda con la verdad; la historia del gigante de Altzo se impregna de los claroscuros del final de un régimen y el comienzo del otro.
Aunque lo que describe Morir acontece aquí y ahora, su semilla germinal hay que fijarla en la novela homónima de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931). Allí, en ese contexto de la Austria que años después vería desmoronarse el sueño de Europa devorado por el monstruo del nazismo, Schnitzler compartió ciudad y tiempo con gentes como Stefan Zweig y Sigmund Freud.
odo en Verano 1993 sabe de las sombras y los sobreentendidos. Por ello, nada es explícito. Y porque nada lo es, hay en esta pieza, de precisa orfebrería, un equilibrio insólito entre el desgarro personal y el deseo de formalizar un estilo propio. Indudablemente estamos ante una ambiciosa aspiración. Reto alto para una ópera prima que muestra una saludable sensación de solidez.






