Hace unos años Mateo Gil era la cara oculta de Amenábar. Era ese 50% sumergido en el anonimato. Así, mientras Amenábar era saludado como el portavoz del cine español de la generación del advenimiento del siglo XXI, Gil ocupaba un discreto segundo plano en la sombra. Sin menospreciar la calidad de esa filmografía conjunta, (Tesis, Abre los ojos, Mar adentro y Ágora) Mateo Gil sigue apareciendo como un profesional de rostro irreconocible que, cada vez que intenta hacer algo por su cuenta, se abisma y se pierde.

Fesser transita espacios agrestes con temáticas infrecuentes en el cine español. De hecho, con Campeones cabe rastrear referencias de procedencias tan lejanas como exóticas. Al menos tres fuentes parece pertinente traer a colación ante ella. Una procede del cine de Bollywood; otra, de Hollywood; y la última de Japón.

Catalán de nacimiento, donostiarra por empadronamiento en su infancia y juventud, Daniel Calparsoro debutó hace 22 años con un mazazo prometedor. Calparsoro filmó Salto al vacío en 1995, el mismo año que Historias del Kronen de Montxo Armendáriz. Dado que ambas miraban al mismo lado, a la urgencia vital de los teenagers en la España del último decenio del siglo XX, se batieron entre sí como los dos modelos del cine nacional de aquel año.

¿Qué hace el padre de la comedia madrileña al frente de una historia que transcurre en la Barcelona actual? Básicamente reafirmarse en sus señas de identidad. Atrincherarse en una manera de entender el cine abrochado al humor y la sal gruesa. Recapitulemos.

Habría que preguntarse por qué dos de los directores que mejor han sabido desvelar el núcleo duro del freakismo y el arrabal cañí, Alex de la Iglesia y Santiago Segura, ahora, en 2018, con apenas unas semanas de diferencia, estrenan sus últimas películas levantadas sobre historias ajenas.

Caminar por el filo de lo grotesco se suele hacer o bien desde la insensatez temeraria o bien desde el arrojo inteligente. El contenido que nos aguarda en este viaje al averno de Paul Urkijo ni teme al ridículo ni se esconde en lo convencional.

Concebida como una búsqueda en el corazón de las tinieblas, un periplo por el Congo de los niños soldados y las minas de coltán, es decir, presentada como el relato de un descenso al agujero más peligroso del mundo, El cuaderno de Sara aplica la sensibilidad de una ONG para disimular los trucos de un indigesto best seller de muchas páginas y poca literatura.