Un resumen ligeramente pormenorizado de su argumento auspicia un filme apasionante. No lo es pese a que la historia merece ser impresa y pese a que poco se le puede reprochar al reparto, a la dirección artística e incluso al trabajo de su directora, Judith Colell.
En la primera imagen de Los domingos, aparece un crucifijo en penumbra. La luz viene y va e infiere, en el Cristo clavado, una sensación evanescente, trémula, casi fantasmal. En la última, una mujer (Patricia López Arnaiz), con los ojos vidriosos por lágrimas latentes, cierra la historia de una derrota: la suya.









