Hacia la mitad de la película, cuando el conflicto ya ha asomado en todo su esplendor, cuando los personajes de Berto Romero y Judit Martín subliman su negro futuro a golpe de amor, disparate y entusiasmo, sobre «Pizza Movies» sobrevuela sugerente y conmovedor el fantasma del Fernando Fernán Gómez de «La vida alrededor» (1959).
Hay señales confusas que no ayudan a entender la naturaleza de este «Mi querida señorita» titulado igual que el filme de Jaime de Armiñán de 1972. De entrada, su argumento y tratamiento serpentean de la traición al homenaje, de la distancia al guiño, hasta el punto de provocar la pregunta: ¿por qué se titula así ?
Júlia de Paz Solvas (Barcelona, 1995) viene de la ESCAC (Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña) y eso se nota. En los últimos años, el gran cambio de la industria cinematográfica española se debe a dos cuestiones decisivas: la proliferación de mujeres directoras que escriben y desarrollan problemáticas que les resultan cercanas, íntimas y/o propias
Como antes que cine fue teatro, los diálogos de «Lapönia» saben a caldo curtido. Dicho de otro modo, rebosa de palabras reposadas, bien texturadas. Un enófilo ocasional de catas dominicales, diría que el texto de «Lapönia» se ha enriquecido gracias a una oxigenación lenta y controlada a través de los poros, no ya de la madera de la barrica, sino de las tablas del escenario.
Durante diferentes fases, de las casi dos horas que dura esta película, se cita a la «fiera».
Su director, Salvador Calvo, mezcla esa referencia con la imagen de las manos crispadas a modo de garras, de una bailaora de flamenco con la que el filme busca un contrapunto estético, una línea de fuga rítmica.
En una de las intervenciones de este documental de muchas voces que reivindica el valor de un virtuoso de huella leve y recuerdo imperecedero, se citan tres piezas fundamentales para poder abismarse en el horror del siglo XX: «Si esto es un hombre» de Primo Levi, «Shoah» de
Claude Lanzmann y «Maus» de Art Spiegelman.





