Tras el título de “I hate New York” se vislumbra mucho trabajo, una militancia latente y la negación de su título. Los protagonistas que deambulan por sus recovecos aman Nueva York. Ellos son parte de Nueva York. Al menos representan ese mundo fiestero y canalla habitado por personajes extravagantes que se debaten entre la interrogación por su identidad y una irreprimible querencia por el mundo del glamour y el espectáculo.
El instante decisivo, ese en el que se produce la quiebra, donde algo se rompe, en el caso de Julio Medem surgió en “La pelota vasca”, una incursión documental de un cineasta que había sido capaz de ficcionar con el delirio y la extravagancia. Nadie como el Medem de “Vacas”, “La ardilla roja” y “Tierra”, para escaparse de ese costumbrismo de caspa y boina que tantas emociones levantaba en la España de los años 80.
Jaime Rosales se mueve en la industria del cine español como un explorador proveniente de otro planeta. Desde su primer filme, “Las horas del día” (2003), hasta “Petra” (2018), han pasado tres lustros. Curiosamente, en “Petra”, filme áspero y cruel, relato de resentimientos y brutalidad con sordina; en un deseo de metalenguaje y de auto-cita, Rosales, por vez primera, se permite una pequeña frivolidad.
El tercer largometraje suele resultar decisivo para vislumbrar la personalidad de un cineasta. En el primero se cuenta casi todo lo que a uno le conforma. En muchos casos, se acude a las memorias de la adolescencia, a los ríos interiores que conformaron la autobiografía. En el segundo, se escarba en lo otro, en lo que quedó fuera.
Celia Rico escribe y dirige éste su primer largometraje con jirones de su piel, a partir de lo que ha vivido en entrañas propias. No se trata tanto de emociones autobiográficas, sino de percepciones germinadas con aquello que confiere autenticidad a las historias que sentimos como ciertas. Los detalles.
El ciervo que da sentido al título del primer largometraje de ficción de Koldo Almandoz carece de vida. Su cabeza disecada preside un pasado oscuro y su presencia vigilante evidencia una herida infectada. Como propuesta fílmica, algo en Oraina se contradice permanentemente. ¿Por qué se ancla tanto en el pasado, cuando aspira a vivir en el aquí y en el ahora?
En país que siempre busca tapar las miserias y echar la culpa al otro, era necesario, a la hora de acometer un filme como “El reino”, evitar tropiezos con la realidad. No se ha hecho mucho cine de ese que califican de político, pero los pocos que se han atrevido: “Lobo”, “El hombre de las mil caras”, “B de Bárcenas”,… cito tres de muy diferente calidad e interés, se tuvieron que rozar hasta mancharse con la servidumbre de “lo real”.
Asghar Farhadi dio un golpe de mano con “A propósito de Elly”, hace nueve años. Acababa de cumplir 37 años -hoy tiene 46-, y era su cuarto largometraje. Venía del teatro y de la televisión. Se había curtido como guionista y las series le aportaron una impagable experiencia en la dirección de actores.



