Desde su fallecimiento, el 21 de noviembre de 2007, la imagen de Fernando Fernán Gómez, lejos de caer en el olvido, se ha agigantado. Hoy es carne de leyenda y sus compañeros, los que alguna vez coincidieron con él en algún trabajo, no cesan de invocarlo e incluso de imitarlo en cuanto se presenta la ocasión.

Aunque el referente hegemónico del vampirismo suele ser masculino, desde Nosferatu a Drácula, se suele obviar que el origen de los no muertos descansa en la historia de la condesa eslovaca Erzsébet Báthory nacida en 1560, en el boyante y sanguinario tiempo del imperio austrohúngaro.

Remake de un filme francés inédito entre nosotros, “Mamá o papá” se sabe producto de amplios públicos y olvidos rápidos. La batuta la esgrime Dani de la Orden, un realizador especializado en seguir la rancia herencia del cine costumbrista español de regüeldo insulso y risa floja.

En este thriller oscuro y asfixiante sobre la necesidad del agua en la España profunda de cortijos y duquesas, de miedos y peajes, se echa de menos un mejor guión, una estructura literaria que aporte más verosimilitud a esta crónica rural que alberga en su interior más de lo que acaba dando.

El caso de Rodrigo Cortés merece una atención especial. Especial es que, siendo todavía un adolescente, mientras el resto de la clase memorizaba las alineaciones de los equipos de fútbol, él filmaba sus dos primeros cortometrajes titulados “El descomedido y espantoso caso del victimario de Salamanca” y “Siete escenas de la vida de un insecto”, éste último bajo el influjo de Kafka.

Manuel Martín Cuenca cultiva evidentes virtudes y con ellas ha conformado un singular y reconocible verbo cinematográfico. Sin embargo, por diferentes razones, su figura y su obra no ocupa el lugar del escaparate que merece orillado por nombres de menor interés pero de mejores envoltorios.