Un visita al museo de Ciencias de Londres, modelo al que imitan casi todos los demás museos de la misma naturaleza, evidencia que el jurásico reina, que la fascinación por el origen de la humanidad hechiza a grandes y chicos y que el negocio de recrear y fabular con la prehistoria es un gran negocio.
En el principio era Bertolt Brecht. O mejor aún, su voluntad de devolver al público la consciencia perdida. Con él, Haneke llegó al cine para demostrar una maestría excepcional. Podría haber escogido otro lenguaje, otro medio, y también hubiera sido brillante. Su peso intelectual se sabe de categoría suprema.
Con una frecuencia inevitable, porque la evidencia lo impone, a la hora de explicar qué lugar ocupa este filme de David Trueba, aparece el nombre de Linklater. Hay unanimidad en percibir, aquí, el influjo del autor de “Boyhood”. Ciertamente, si unimos “La buena vida” y “Casi cuarenta”, se obtiene una (re)visión parecida.
Si hubiera posibilidad de recuperar las viejas sesiones dobles de los tiempos en los que solo había cine y nada más, se podría cruzar “Formentera Lady” con “Lucky”. En ambos filmes se habla de dos hombres al final de sus existencias. Harry Dean Stanton había nacido en 1927; José Sacristán, lo hizo diez años después.
Hay un momento vertebral en este filme donde guionista y director traspasan el umbral del verosímil. A partir de allí, le es dado a la persona espectadora de este relato poner en duda todo lo que hasta ese momento creía ver. Dicho de otro modo, tras el estupor de asistir a una actitud inesperada, surge la claridad de vislumbrar que lo real no es lo que creía.
Tras unas imágenes de archivo que sirven para documentar cómo cambió el mundo en el comienzo de los 70, un golpe brusco nos devuelve a la realidad (re)creada. La autenticidad de un grupo de hippies setenteros da paso al artificio de la vida de provincias en la Suiza profunda de 1971. Allí, con carácter de confesión personal, de diario que rememora lo que parece una autobiografía, se despliega un filme creado para gustar.
La novela que alimenta la película de Albert Dupontel fue un auténtico fenómeno editorial en Francia. Ganadora del premio Goncourt 2014, se presentó justo en el momento en el que Europa rememoraba con estremecimiento el comienzo, cien años atrás, de la primera guerra mundial. Su autor, Pierre Lemaitre tuvo olfato y supo aparecer con ella en el lugar indicado y en el tiempo preciso.




