Casi merece recibir el reconocimiento de un subgénero ese cine que transita alrededor de las excelencias de la cocina. Hay tantas películas en torno a los chamanes del siglo XXI, esos genios del menú a la carta que han sustituido a intelectuales y artistas a golpe de estrellas Michelín, que incluso el Zinemaldia las celebra bajo la etiqueta “culinary zinema”. Se trata de una sección en donde el relato cinematográfico siempre sufre una devaluación, en favor de exaltar los prodigios de la cocina.

Christian Petzold recurre a un artificio cronológico, una suerte de anacronía voluntaria que resulta esencial para configurar la naturaleza de “En tránsito”. Filma un relato que acontece en los años 40 en escenarios de arquitectura contemporánea, no los disfraza. Sus personajes huyen en el pasado pero, como teletransportados en una filigrana cuántica, habitan el ahora.

Lo esencial en “Desobediencia” siempre transcurre en el fondo, detrás de los personajes, en una escenografía interior que se agita con sigilo en la zona oscura de una comunidad judía ortodoxa. Estamos en Londres. En tiempos no muy alejados del aquí y el ahora.

No se desvela el argumento si se descubre que en el último filme de Roman Polanski, “Basado en hechos reales”, esos hechos reales de los que habla, deben ser entendidos al estilo surrealista. ¿Qué quiere decir?
Que hablamos de una realidad absoluta: la consciente y la inconsciente, la física y de psíquica, la realidad del que permanece en vigilia y la del que se hunde en pesadillas de fantasmas sin nombre ni lógica.

Dibujado con fervor de geómetra y obediencia fordiana, “Sweet Country” pronto evidencia que de dulce nada tiene. Al contrario, su historia duele por amarga. Todo en este filme rezuma polvo y sequedad. Como los aborígenes que se pasean como fantasmas desterrados de su patria.

El director de este docudrama proviene del cine de no ficción. De ahí que necesita armarse de realidad. De hecho. tras una solvente trayectoria como documentalista, Borg, McEnroe, la película, surge como una ficción de escalofriante realismo. Una ficción que recrea un partido de tenis que existió; el que por vez primera enfrentó a los dos mejores tenistas de ese momento.

Resulta inevitable evocar lo que Sofia Coppola hizo en La seducción (2017), película construida sobre el mismo relato con el que Don Siegel filmó El seductor (1971). En la ópera prima de Marine Francen, como en las obras citadas inspiradas en la novela de Thomas Cullinan, la peculiaridad del argumento abunda en la encrucijada de una comunidad femenina enfrentada a la presencia de un hombre y lo que esa aparición supone para la convivencia entre todas ellas.