Durante largos y sangrientos meses, Carlos Robledo Puch, un joven argentino de 20 años de edad, de rostro infantil y de comportamiento criminal, protagonizó una serie de asesinatos y robos. Los hizo como en un perverso juego, con frivolidad, sin pasión, sin el más mínimo sentimiento de culpa.
Jaime Rosales se mueve en la industria del cine español como un explorador proveniente de otro planeta. Desde su primer filme, “Las horas del día” (2003), hasta “Petra” (2018), han pasado tres lustros. Curiosamente, en “Petra”, filme áspero y cruel, relato de resentimientos y brutalidad con sordina; en un deseo de metalenguaje y de auto-cita, Rosales, por vez primera, se permite una pequeña frivolidad.
El tercer largometraje suele resultar decisivo para vislumbrar la personalidad de un cineasta. En el primero se cuenta casi todo lo que a uno le conforma. En muchos casos, se acude a las memorias de la adolescencia, a los ríos interiores que conformaron la autobiografía. En el segundo, se escarba en lo otro, en lo que quedó fuera.
Cuando la última llamarada de “Burning” se pierde en la distancia, segundos antes de que comiencen los créditos de clausura, empieza en el interior de cada espectador/a una sensación de desconcierto. ¿Qué es lo que se ha visto? Sin duda mucho más de lo que parece. Y, desde luego, lo que parece es mucho.
Celia Rico escribe y dirige éste su primer largometraje con jirones de su piel, a partir de lo que ha vivido en entrañas propias. No se trata tanto de emociones autobiográficas, sino de percepciones germinadas con aquello que confiere autenticidad a las historias que sentimos como ciertas. Los detalles.
De entrada, para evitar confusiones, hay que reconocer que “Cold War” ha sido provista con los mejores valores de ese cine de belleza incontestable y contenido despiadado. Lo tiene (casi) todo. Precedida por la seducción que provocó su obra anterior, ganadora del Oscar a la mejor película en lengua no inglesa, “Ida”; Paweł Aleksander Pawlikowski no ha corrido riesgos.





