Por eso cabría preguntarse qué significa que en poco tiempo veamos estrenarse, casi simultáneamente, dos títulos sobre jóvenes de buena familia y mala cabeza atrapados en la toxicodependencia en los EEUU. del final del segundo decenio del siglo XXI. ¿Simple coincidencia? No lo parece.
Tal vez “Yuli” no sea tan mala como mi opinión dejará entrever. Probablemente entre las personas que acuden en masa a ver el musical de “Billy Elliot”, la mismas que lloraron con el Garci de “El abuelo” y esperan con ilusión la nueva entrega de la denominada trilogía del Baztán de la novelista Dolores Redondo, “Yuli” sea un título recomendable.
Con “Viudas”, el luto se impone por el descalabro anunciado de Steve McQueen, un artista fugaz que, como los recuerdos del Roy Batty de Blade Runner, se disuelve como lágrimas en la lluvia. Se ha bromeado mucho sobre la cruz que Steve McQueen, un londinense de origen africano, tuvo que soportar al ser bautizado con el nombre de la inolvidable estrella nacida en Indiana en 1930.
En la misma semana que se produce el estreno estatal de “Entre dos aguas”, Isaki Lacuesta protagoniza en el Centro George Pompidou de París una retrospectiva de su trabajo. Se recuerda que el templo del arte contemporáneo francés rara vez se ha abierto al reconocimiento de un artista nacido en este lado de los Pirineos. Y al mismo tiempo que Lacuesta protagonizaba la parrilla cinematográfica parisina, TVE estrenó su anterior película; un disparate humorístico que ni hizo reir al público ni supo contentar a sus productores, porque fue un fiasco total.
Por más que su trama central aparezca enfocada en el dilema ético del rechazo de prácticas médicas por creencias religiosas, en “El veredicto” hay otras corrientes subterráneas. Es cierto que el título español hace referencia directa a la causa judicial por la que la ley debe decidir entre la fe y la ciencia. En síntesis, el título alude a la decisión de una juez ante la denuncia de un hospital por la negativa de unos padres, testigos de Jehová, a que su hijo reciba transfusiones de sangre para hacer frente a una intervención quirúrgica.
En los penúltimos compases de “Tres caras”, en una conversación entre la actriz protagonista y uno de esos personajes que parecen fundirse con el polvo del paisaje, a la petición de que el director de la película, que se representa a sí mismo en este filme, se ponga en contacto con un viejo actor, la actriz le señala la dificultad del encargo.
En los años 20, en el París del delirio, la libertad y la bohemia, Colette se convirtió en la novelista más leída. Autora de piezas todavía recordadas como “Gigi” y “Claudine”, esta creadora de best-sellers con especial éxito entre lectoras porque en sus obras, al reflejarse ella, se veían muchas, no lo tuvo fácil ni siempre pudo mostrarse a cara descubierta.
Gastón Duprant y Mariano Cohn conocen bien el mundo de la creación artística. Forman parte del paisaje del arte contemporáneo en Argentina. De hecho, empezaron como video-artistas para luego impulsar prósperos proyectos televisivos. Con ellos participa un tercer hombre autor de los guiones de muchos de sus proyectos, Andrés Duprant. Como se deduce del apellido, Andrés es hermano de Gastón.
El instante decisivo, ese en el que se produce la quiebra, donde algo se rompe, en el caso de Julio Medem surgió en “La pelota vasca”, una incursión documental de un cineasta que había sido capaz de ficcionar con el delirio y la extravagancia. Nadie como el Medem de “Vacas”, “La ardilla roja” y “Tierra”, para escaparse de ese costumbrismo de caspa y boina que tantas emociones levantaba en la España de los años 80.


