A “Wild Rose” le pierde el exceso y le sobra un injustificado empeño en rebajar el dramatismo implícito en su argumento. Eso provoca una alarmante falta de sinceridad a la hora de afrontar la verdad implícita en unos personajes que se deshacen entre el histrionismo y la blandura, entre la música y el silencio.

La piedra angular sobre la que crece este filme parte de una doble negación. Asumir que un “No no quiero” desemboca en un “quiero” no evita asumir que esa aceptación esconde en su interior la sombra de la indecisión y la duda. En tiempos líquidos, en una hora en la que nadie asume nada, Carles Marqués-Marcet cuestiona aquí el dilema de la maternidad.

Cada cierto tiempo surgen testimonios generacionales que pasan revista a ese punto de (des)equilibrio provocado por la pubertad. Hace unos años se les denominaba relatos iniciáticos por cuanto representaban, en clave de aventura dramática, un proceso de madurez cobrado en forma de cicatrices y pérdidas.

Hace años, en 1977, Tony Leblanc, espoleado por José María Iñigo, llevó al apoteosis su carisma de cómico televisivo comiéndose una manzana en un “Martes Fiesta” de TVE. Durante 3 minutos tan eternos como los cinco a los que cantaba la canción de “Te recuerdo Amanda” de Victor Jara, Leblanc, con un bongo como mesa, peló la manzana con parsimonia y bocado a bocado se la comió ante la estupefacción de decenas de personas en directo y la perplejidad de millones de telespectadores.

Hay profesionales, tanto en el cine como en otras materias, que se comportan como colosos hambrientos de grandeza. Sus proyectos, independientemente de su naturaleza, pretenden ser enormes y costar más. Se diría que creen que esa apariencia de opulencia les prestará lo que su talento no aporta.

El peso que proyecta la semejanza argumental de “Osama” (2003), de Siddiq Barmak, sobre este cuento animado de Nora Twomey redunda en la convención de dar al realismo la ferocidad de la verdad y hacer de la animación algo descafeinado, un lenguaje más propio de niños que de adultos. ¡Grave error! Hace mucho tiempo que sabemos que en esa creencia hay mucho prejuicio porque el dibujo convoca el horror de lo real con igual o más precisión y dolor que la más escrutadora cámara de cine.

Cuando “El vendedor de tabaco” se eleva, apunta hacia el espacio imborrable de filmes extremos, apasionados e irrepetibles como “Léolo” (1992). Como el atormentado Léolo, el joven amigo de Freud que aquí contempla compungido el ascenso del nazismo, puede repetirse a sí mismo: “Porque sueño no estoy loco”.

Dentro de diez días, el 17 de junio, Cédric Kahn cumplirá 53 años. Debutó como director en 1990, con un cortometraje tras el que desplegó una trayectoria bendecida por Cannes y Berlín, sedes de los festivales donde se acostumbra a (es)coger sus trabajos. De hecho, “El creyente” recibió su bautismo de fuego, parece inevitable hablar de sacramentos en un filme que respira religiosidad, en la última Berlinale donde su principal y decisivo protagonista, Anthony Bajon, se llevó el premio al mejor actor.

La misma usura empresarial e idéntico hambre de beneficios que sostenían a “Bohemian Rapsody” asisten a “Rocketman”, con el anhelo de llegar todavía algo más lejos. De ganar más. De hecho, digamos que, de partida, ya se habían desbrozado los tropiezos que arañaron el origen del filme sobre Queen. Como es sabido, “Bohemian Rapsody” comenzó bajo la dirección de Bryan Singer, un profesional de cuajo y mirada, con trayectoria algo errática y desconcertante, pero hacedor de títulos cuando menos notables. A los tres meses, el autor de “Sospechosos habituales”, “Verano de corrupción” y la casi totalidad y mejor parte de las entregas de los “X Men”, fue fulminantemente despedido.