A veces se olvida que Alemania fue tierra fértil para el arte cinematográfico. Mientras Francia y EE.UU. se disputaban la paternidad de su creación, ya se sabe el caso de los aturdidos Lumiére versus el ambicioso Edison, Alemania ennoblecía hasta la excelencia la capacidad de convertir en algo decisivo aquel rudimento invento que Gorki comparó a un tren de sombras.

Dentro de un tiempo, en realidad espero que en las escuelas de cine de ahora mismo, deberá explicarse que en el cine español del vértice que une el siglo XX con el XXI; más allá del brillo de los Almodóvar, los Amenábar y los Bayona; o sea ese cine de laurel y premio, había otra manera de pensar y utilizar el medio cinematográfico.

Desde sus primeros pasos Ritesh Batra dio noticia de unas credenciales que lo legitimaban como un autor de su tiempo. Hay realizadores cuyo cine, cuyas estrategias, nada quieren saber de la corriente dominante. No es el caso de Batra. Su sensibilidad domina ese acabado de corrección política y buenos sentimientos que hoy triunfa en los festivales de cine de medio mundo. En ese sentido, basta con echar un vistazo a “Tu fotografía” para apreciar cómo opera este director.

La naturaleza de Tarantino lo acota como un freakie enciclopédico. Todo en él resulta torrencial, barroco, acumulativo. Es una redundancia redundante. Pero en su novena película, “Érase una vez en… Hollywood”, homenaje en su título a Leone aunque en el filme se habla del otro Sergio, Corbucci, algo ha cambiado en Tarantino. Por vez primera Tarantino se autorreferencia a sí mismo.

“El hotel a orillas del río” representa ese cine condenado a pasar de puntillas por las salas de cine, tras haber triunfado en todo festival por el que ha estado. Una paradoja que mide la temperatura cultural de nuestro tiempo. Su escaso éxito comercial es menos doloroso que la clamorosa evidencia del fracaso social al que ha llegado el sector de la exhibición cinematográfica y, sobre todo, el público.

Yójiro Takita, como Yóji Yamada y otros muchos directores japoneses, milita en una manera de encarar la profesión de realizador de cine desde la práctica del oficio. Aprenden desde la praxis, antes de cantar misa han ejercido de monaguillos y, en consecuencia, antes que narradores con un discurso propio que necesitan con urgencia plasmarlo en imágenes, son trabajadores de una industria que fabrica relatos.

Definitivamente alejado del modelo retórico del cine argentino hecho de comedia romántica y buenas intenciones, “Rojo” bucea en el pantano oscuro de la mala conciencia. Su acción acontece en 1975, en Argentina. Tiempo en el que los cielos se teñían de rojo barruntando la sangre que se iba a verter. Un poco al estilo del Haneke de “El lazo blanco”, Benjamín Naishtat se cuestiona por la llamada del monstruo; por las razones de esa metamorfosis que convierte a una ciudadanía pacífica en jauría asesina.

En apenas tres secuencias, cuando ni siquiera el filme ha penetrado en lo que será su verdadero leit motiv, Ari Aster (Nueva York, 1986) ratifica lo que “Hereditary” anunció: estamos ante un cineasta de raza. En ese tiempo de apertura, un prólogo que sirve para mostrar el desgarro por el que su protagonista, Florence “Lady Macbeth” Pugh, se desangra; Ari Aster da una lección de sabiduría compositiva.

Con las dos secuencias iniciales, Philippe Lesage ya establece la estructura de su filme iniciático. En apenas cuatro minutos de “Génesis”, se nos hace saber que la cosa va del descubrimiento del amor y sus miserias, del sexo y sus misterios y de la identidad y sus sofocos. En apenas unos minutos suenan dos canciones, una se baila y se corea por los propios protagonistas, una cantinela que exalta el beber y cosifica a la esposa; la otra, sonido no diegético, envuelve en sentimiento una herida abierta por falta de sensibilidad.