A veces la excelencia interpretativa de una potente actriz como Juliette Binoche se convierte en un handicap de difícil soslayo. Binoche no es una profesional fácil. En su camino ha encarnado personajes antipáticos, pretenciosos y banales, pero los ha interpretado dando todo lo que lleva dentro -es mucho- y todo lo que se le pide desde la dirección.
La ceniza que da título a este filme proviene de un volcán que se repite de manera simbólica a lo largo del relato. De hecho, los principales escenarios de “La ceniza es el blanco más puro” reinciden y reaparecen una, dos e incluso tres veces como un epitafio funesto. Todo permanece pero nada es lo mismo. En el caso del volcán citado, su imponente presencia, una forma piramidal sólidamente estable por fuera, supuestamente devorada por el fuego en su interior, prende y transmite a su argumento un presagio no tanto de muerte como de fugacidad.
Neil Jordan, como Verhoeven y Herzog, por citar otros veteranos europeos enredados por EE.UU. y curtidos en una cinematografía trashumante y transterrada, lleva muchas películas y muchos sobresaltos a cuestas como para pensar la tontería de que uno vale lo que recauda su último trabajo. Este irlandés que atravesó el final del siglo XX desplegando un repertorio tan brillante como desconcertante, “En compañía de lobos” (1984) “, Mona Lisa” (1986), “El hotel de los fantasmas (1988), “Juego de lágrimas” (1992), “Entrevista con el vampiro” (1994) y “Michael Collins” (1996) no pudo, quiso o supo mantener el tipo a lo largo del siglo XXI.
Julie Bertucelli pisa con insolencia un territorio en el que hay muchas posibilidades de resbalar. Sin complejos ni precauciones, “La última locura de Claire Darling” hace honor a su nombre. Es decir, la película se abisma locamente. Se precipita en la nada tras una reflexión amarga, revestida con esa insensatez que corroe toda obra que asume la inevitabilidad de la muerte como si el mundo ignorase la fugacidad de la existencia.
Zhang Yimou carga con el peso de la cruz de la “Quinta Generación”. Fue aquella, una camada de profesionales del cine crecida en plena revolución cultural. La del último delirio de Mao, la que sospechaba de todo atisbo de intelectualidad y condenaba a campos de trabajo a quienes no provenían del mundo rural.
Lo dijimos en su desembarco en el pasado SSIFF. En el ADN de Louis Garrel va grabado a fuego la fiebre por la profesión. Hijo de director y actriz, nieto de ilustres profesionales del cine, casado con una de las actrices protagonistas de este filme, Laetitia Casta, este actor, director y guionista se desayuna con cine, con cine se acuesta y con él se levanta.
Sin duda, el título evocará en el buen aficionado la histórica película de Jack Arnold, “The Incredible Shrinking Man” (1957) obra que, a su vez, iluminó parte del hacer de Almodóvar en “Hable con ella”. El cine -la cultura- tiene esas cosas, entremezcla ecos que aparentemente nunca hubiéramos imaginado juntos y crea extrañas sinfonías.
“Vitoria, 3 de marzo” transcurre entre dos canciones, entre dos emociones unidas por su vértice pero, antagónicas en su contenido. Entre “A galopar” de Paco Ibáñez y “Campanades a mort” de Lluis Llach se escenifica una de las páginas más dramáticas de la transición española tras la muerte de Franco.
Los restos de Nureyev descansan desde el 13 de enero de 1993 en el cementerio ruso de Sainte-Geneviève-des-Bois en Francia. Se trata de un gesto de ratificación identitaria, dado que Moscú y París, Francia y la URSS fueron los territorios decisivos donde transcurrió la existencia de quien está considerado como uno de los mejores bailarines clásicos del mundo.
Por las venas del bailarín moscovita corría la misma sangre repleta de glóbulos divinos que atravesaba a luminarias como María Callas o artistas como Pablo Picasso.
Ante propuestas como “Leto” surge la decepción de percibir que, pese a su calidad, brillantez y rigor, el público le hará muy poco caso. De hecho, llevaba meses esperando ser estrenada. Tan poco confían en ella que ni siquiera se han molestado en doblarla al castellano. Tanto mejor. Así los pocos que decidan verla podrán disfrutarla en versión original, en ese ruso armónico y áspero, del que aprenderemos que “Leto” significa verano.

