Unos calcetines colgados, puestos a secar enfrente de un ventanuco de lo que se adivina es un semisótano, marcan el inicio y el final del salvaje periplo de unos protagonistas que caminan descalzos. La desnudez de los pies es un atributo extremo. Llevar los pies desvestidos, sin protección, es condición solo al alcance de quien no tiene nada que perder: los dioses y los desheredados. Los burgueses no, los burgueses llevan siempre los pies bien protegidos.

En esta “mujer en llamas” algo casi imperceptible lo domina todo. Cuando horas después de su visión se rememoran las emociones que su guionista y directora ha puesto en imágenes, se llega a Marcel Duchamp y a su concreción de esa sensación profundamente humana que él denominó “inframince”. La traducción más acertada sería algo así como “infraleve”, o sea lo que es más leve que lo leve: “el calor de un asiento que se acaba de dejar, el olor de una persona en el humo de su cigarro… el peso de una sombra”.

Un plano obsesivo y largo recoge la conversación entre dos personajes que evidencian una relación paterno-filial. El adulto desgrana un cuento de noche, un relato para dormir ante la incesante réplica de su joven interlocutor. La fábula que narra habla de un tiempo de apocalipsis, un lamento distópico que recoge cómo la humanidad encaró la hora oscura de su exterminio.

Sostenida por el vaciamiento superlativo de Joaquin Phoenix, el actor digiere el libro de estilo del De Niro de “Taxi Driver” y “Toro salvaje”; “Joker” ya es leyenda. Posee el carisma de las obras de culto. Su director y coguionista, Todd Phillips, se ha movido como quien sabe que ha compuesto la partitura de su vida. Todo roza la excelencia. Todo rezuma solvencia. Le sobra calidad y regala a diestro y siniestro inquietantes paradojas.

En su primera encarnación, “Una pequeña mentira” fue una novela gráfica obra de los españoles Mario Torrecillas, guionista, y Artur Laperla, dibujante. Ahora, en manos de Julien Rappeneau, un solvente director que fabrica best sellers cinematográficos con aparente facilidad, la historia de un pequeño y joven jugador de fútbol, víctima de una convivencia familiar problemática, compone un conmovedor cuentecillo. Un tebeo conciliador.

La secuencia más impactante, tal vez la mejor filmada, acontece en una carretera camino de Salamanca. En ella, un Millán Astray arrebatado por su divina misión, arenga a las tropas de la legión. Por supuesto Amenábar asume que se trata de la misma legión que todas las semanas santas, cuando levanta la cruz, pone los pelos de punta a nazarenos sin memoria y turistas sin conocimiento.

Estructurada como una obra teatral, su desarrollo fluye de manera obsesiva en el interior de una vivienda. En concreto, en el cuarto de estar donde seis personajes esperan las cartas postreras que un amigo suicidado les ha escrito a modo de clausura y epitafio. Con un argumento bastante manoseado, (sí como los amigos de Peter), transcurre este filme del que, como la vieja canción de Barricada, podría decirse que lo suyo “es puro teatro”.

A la nouvelle vague no le gustaba Claude Lelouch. Ahora, cuando de aquel proyecto apenas sobrevive el hechicero mayor, Jean Luc Godard, a quien Agnes Varda calificó de rata, el tiempo ratifica sus opinión. Y además se han librado de ver lo peor de Lelouch. Si el Lelouch que hace 53 años filmó “Un hombre y una mujer” con sus “dabadabada” y eso sí, la sensualidad desbordada de Anouk Aimée y Trintignant, les parecía cursi; el que ahora sostiene “Los años más bellos de una vida” los habría aniquilado.

Probablemente lo más relevante de “Vivir dos veces” sea una adolescente llamada Mafalda Carbonell. No podemos todavía saber si será una gran actriz pero, sin duda, en ella habita lo más sincero de un filme demasiado preocupado por endulzar lo que no admite paños calientes ni miradas poéticas. El Alzheimer representa una auténtica maldición.