Michael Bay descubrió hace muchos años el irresistible encanto de las catástrofes. En consecuencia ha hecho de ellas su nutriente fundamental y lleva años explotando un filón a medio camino entre el cine espectáculo a lo James Cameron, cine de efecto digital, de croma y trampantojo, con el cine de barrio setentero hecho de repartos corales, viejas glorias y muchos desastres. No es de extrañar que ese Bay, autor de agonías como “Armaged
Concebida como un viaje iniciático entre dos mujeres que no se conocen pero a las que les une una urna con las cenizas de una joven fallecida en un accidente de tráfico, con este filme de Jean-Philippe Duval, a partir del guión de Marie Vien, acontece algo implícito en su título; las cuentas no parecen claras por más que se quieran explicar.
Del plano general, de una secuencia familiar en la playa, se pasa a la disección, en plano corto, de una adolescente acusada de asesinato en primer grado. De la gélida mirada de una joven de escasas emociones y nula empatía, a la sospecha de que sea la autora de un crimen deliberado, premeditado e intencional.
El título, “2046”, hace referencia a un tiempo, a un “no lugar”, a una ciudad imaginaria y al improbable número de una habitación de hotel. En el último caso, se corresponde con la habitación que su protagonista quiere habitar pero que, a lo largo del tiempo que dura este filme, nunca lo hará porque, de manera obsesiva permanece en la puerta de al lado, la 2047.







