Si no se ha visto “El olvido que seremos”, podría creerse que no hay director capaz de conseguir que Javier Cámara haga mal su trabajo. Almodóvar casi lo logra, pero ni siquiera el autorde “Dolor y gloria” pudo con el talento, el carisma y la profesionalidad del excelente actor. Quien sí lo ha conseguido es Fernando Trueba, un profesional que no duda en afirmar que “el 90% del cine actual es de una estupidez inconcebible”.
Tras evidenciar sus credenciales como cortometrajista, la directora argentina Mariana Barassi debuta con una historia nacida para el teatro. De hecho, en “Crónica de una tormenta” fue su productor, Gerardo Herrero, el primero que, tras ver la obra en Madrid, comprendió que allí respiraba una película interesante.
Creada a partir de la novela de Hannelore Cayer, coguionista junto al director de este filme, Jean-Paul Salomé, no cuesta trabajo pensar que sobre el papel, cuando se preparaba el rodaje de “Mamá María”, se entendió que si Isabelle Huppert aceptaba el papel, tendrían a la actriz perfecta. Probablemente lo era, de hecho lo es. La vitalidad que derrocha en esta comedia que busca la gracia y nunca la encuentra, resultan irreprochables, pero hacer una buena película siempre ha sido cosa de muchos.
Entre sus muchos premios recibidos, a “Otra ronda” también le hubiera correspondido el de la Concha de Oro del Zinemaldia de no haber concurrido el espinoso relato de Dea Kulumbegashvili, “Beginning” y de no mediar un jurado que decidió ratificarse en su arriesgada decisión multipremiando a Kulumbegashvili como si al hacerlo así legitimase más y mejor su decisión.
La solidez de “El horizonte” devuelve la satisfacción de enfrentarse a textos bien escritos. De hecho, importa relativamente lo que cuenta, el shock emocional que sufre un joven adolescente cuando, a punto de descubrir su sexualidad, debe asumir que su madre mantiene relaciones lésbicas con una amiga con la que se intercambia libros.
El sueño americano desde mediados de los 50 no conoce límites fronterizos. En realidad más que un sueño es una ambición. Es la (falsa) esperanza que nos vende el liberalismo, ahora rearmado con el adorno de “neo”. Ese sueño arranca en “Minari” con una mudanza; el traslado de una familia de origen coreano, aunque nacidos en EE.UU., a tierras de Arkansas





