El contexto podría ser el escenario de “El odio” (1995), el filme de Mathieu Kassovitz con el que se consagró Vincent Cassel. En cambio, el texto, parece adentrarse en el laberinto emocional de “Training Day” (2001), la implacable pieza de Antoine Fuqua que enfrentaba a Denzel Washington y Ethan Hawke con la presencia siempre densa e impactante de Eva Mendes.

La cultura anglosajona posee una cualidad impagable. Sus súbditos nunca pierden aunque, en realidad, casi nunca ganan. Por ejemplo, llevamos más de cuatro siglos bajo el estigma del gran fracaso de la Armada Invencible cuando el resultado de aquella guerra fue la victoria de la corona española.

El infierno cainita de hutus y tutsies que desembocó en la masacre de Ruanda en la primavera-verano de 1994, donde la cifra de muertos osciló entre 500.000 y un millón de víctimas, un genocidio que también implicó la violación de miles de mujeres, conforma el telón de fondo de “Pequeño país”.

¿Por qué “First Cow” despierta tanta pasión crítica? Probablemente porque invita a quien la observa a bucear sin límites con la promesa de que en su interior hallará miles de tesoros. Se diría que esa historia de un cocinero paniaguado y un fugitivo chino con corazón de búho apenas encierra algo.

Fueron apenas unos segundos. Pero fueron extraordinariamente elocuentes. En ellos, una dama de la interpretación de muchos quilates y ninguna equivocación, Glenn Close, perreaba delante de sus amigos entre risas de fingida despreocupación en la noche de la entrega del Oscar. Medio mundo la vio y pocos percibieron la frustración de su soez danza.