El origen del relato que atraviesa “El callejón de las almas perdidas” hay que situarlo en plena guerra civil española, en 1937. En esos días terribles, William Lindsay Gresham, militante entonces del partido comunista norteamericano y voluntario de la Brigada Lincoln, escuchó de un compañero referir historias fabulosas sobre circos y criaturas fantásticas.

La “basura blanca”, (white trash), se ha convertido en el filón donde los parroquianos de la extrema derecha yanqui extraen su carne de cañón. La “basura blanca” se nutre de los muertos vivientes del sueño americano, esos que en el “día de la bandera” se mimetizan de barras y estrellas y asisten jubilosos a desfiles patrióticos cuyo tiempo parece perdido en el pleistoceno.

Franziska Stünkel, directora y guionista de “El espía honesto” reconstruye un relato inspirado en los años de la guerra fría, en el interior de una Alemania fragmentada en dos y clavada en el corazón de las sucias prácticas de propaganda y manipulación por cuyos excesos prácticamente nadie ha pagado.

En 1975, Sydney Pollack, notabilísimo cineasta hoy poco recordado, estrenaba un extraño filme “noir” que divulgaba a los cuatro vientos la existencia de las prácticas delictivas de la delincuencia japonesa: “Yakuza”. Hoy, la lista de filmes que hacen de la Yakuza el centro de su interés es incontable.

Adam McKay nació en Filadelfia hace 53 años. En la misma ciudad que tanto perturbó a David Lynch mientras soñaba con “Cabeza borradora” y en la que también nació M. Night Shyamalan. Tal vez no sea fortuito que allí cayese la semilla germinal del país llamado EE.UU. 

En “Las ventajas de ser un marginado” (2013) Stephen Chbosky no solo adaptó y dirigió su propia novela, “The Perks of Being a Wallflower”, sino que abrió un territorio diferente al cine protagonizado por adolescentes. A este escritor y realizador de cine, nacido en Pittsburgh hace 51 años, no le interesaban ni los excesos juveniles hechos de rebeldes de poca causa y mucho miedo, ni los “Porkys” prealcoholizados.

En este thriller oscuro y asfixiante sobre la necesidad del agua en la España profunda de cortijos y duquesas, de miedos y peajes, se echa de menos un mejor guión, una estructura literaria que aporte más verosimilitud a esta crónica rural que alberga en su interior más de lo que acaba dando.