Como si su protagonista viviera encerrado en el interior de una pieza de Cornelis Escher, Asghar Farhadi muestra a su «héroe» como un náufrago en un laberinto de agua: se pierde y se ahoga. Le vemos subir escaleras -reales o metafóricas- pero se nos sugiere que cuanto más asciende, más se abisma.

En «Welcome to the Dollhouse» (1995), Todd Solondz ilustraba con ferocidad el aspecto menos amable del mundo infantil. Frente a la visión idílica que convoca y describe ese tiempo de despertares y domesticación como una especie de paraíso perdido, Solondz levantaba un relato cercano al horror.

Los primeros minutos de “Un amor intranquilo” rebosan serenidad. Una imagen de armónica convivencia, como la que miles de familias representan en las orillas del mar, inaugura el film. La esposa toma el sol, amodorrada por el calor y la brisa. El padre y su joven hijo chapotean en el agua.

Con la escritura de Zweig como melodía y pretexto y con reflejos de su zozobra personal como leit motiv, “The Royal Game” se impone como un demoledor relato sobre la anulación de la cordura a través de la tortura. La historia está localizada en el final de los años 30, en el tiempo de la ascensión del nazismo en Austria, pero sus sombras y la manera en la que éstas se proyectan hoy, la hacen muy pertinente.

Levantada a partir de uno de los relatos cortos de Haruki Murakami,  “Hombres sin mujeres”, Hamaguchi ha concretado uno de esos filmes inmensos e imperecederos; un hermoso largometraje de tres horas que justifica su duración con el argumento irrefutable de su capacidad para conmover.

Desde hace tiempo algunas referencias críticas sostienen que, como acontece con la obra de Soderbergh, el cine de Kenneth Branagh se mueve en dos niveles muy diferenciados. A un lado crece su obra más personal, la que atiende a su sed de autor.