No es casualidad que al hablar de esta película de dibujos animados, se traiga a colación dos obras anteriores de su realizador: “Escuela de rock” y “Boyhood”. Si algo determina lo que “Apolo 10 y medio” contiene, es una mirada a la propia infancia del guionista y realizador y una recreación trepidante de la banda sonora que llenó los silencios de aquel tiempo en el que se maceraron las señas de identidad que conforman su personalidad como cineasta.

Han pasado 27 años del estreno de “La haine” (El odio), el filme que consagró como director a Mathieu Kassovitz y con el que Vincent Cassel se distinguió como un mix entre Alain Delon y Jean Paul Belmondo; un dos en uno en la hora en la que el cine francés parecía decir adiós a su glorioso pasado.

Entre dos cumpleaños acontece el relato de Chiara. El primero se trata del 18 aniversario de su hermana mayor. El segundo, dos años después, es el suyo propio y, en este caso, celebra su mayoría de edad. Entre ellos el contexto familiar ha cambiado.

Demasiadas cosas nos resultan incomprensibles. Las más dolorosas, aquellas que despiertan al monstruo que nos habita, las que desatan la ira que, como especie, llevamos dentro. Para tratar de percibir el clarín de la pulsión de muerte y qué melodía desabrocha la violencia que llama a la sangre, el argumento de la película de Fran Kranz parte del encuentro de cuatro víctimas colaterales de una masacre.

Nacido en Montreal, aunque parisino de adopción, Éric Gravel reincide con su segundo largometraje en mostrar el entramado laboral desde el punto de vista de la mujer. Y lo hace, en este caso, mutando la piel de comedia de su primer trabajo por la armadura de un melodrama de tonos intensos, relatado al galope y obsesionado con insuflar a su testimonio la contundencia de lo que deja sin aliento.

En su idioma original, “cave” significa bodega, sótano, pero también cueva y quizá sea esa la acepción que mejor define lo que aquí acontece, porque en su trasfondo se respira ese retorno a las cavernas que hoy nos define. Con insensato arrojo, Philippe Le Guay se adentra en  territorio hostil, en campo minado con un argumentario del que sabe no saldrá bien librado.

Hay muchas circunstancias que confluyen en esta adaptación memorable de la no menos valorable obra de Edmond Rostand. La exógena, la que no resulta perceptible en la pantalla, se llena de roces íntimos entre quienes han hecho posible esta adaptación y sus propias vidas.

Escrita y dirigida por Leonie Krippendorff, todo en “El despertar de Nora”, así se ha titulado entre nosotros lo que en su idioma original, alemán, era “Kokon”, o sea “capullo”, apunta a ese día de la transformación, el verano de todos los veranos, aquel en el que el cuerpo de una niña deja de serlo para dar paso a su adolescencia.