Herido y magullado, Mickey, el protagonista de “Red Rocket” empieza este relato con un gesto que evoca el retorno del hijo pródigo. En él, se percibe la decadencia del marido ¿arrepentido? Vuelve a casa tras conocer la amargura de la derrota y el ocaso.

Stéphane Brizé pertenece al cada vez más reducido -probablemente en vías de extinción- grupo de cineastas que practican un discurso adulto. En ese lenguaje sin lengua que es el cine, al decir de Christian Metz, resulta extraordinario encontrar narradores que no tratan de vender ningún producto.

Aunque su grupo sanguíneo reclama el formato de la tecnología doméstica, nació en la tele, “Downton Abbey” se viene arriba y acaba por tejer un ameno relato cinematográfico que sirve de colofón a una de esas series populares a la que sus adictos nunca pondrían final.

Concebida como una ópera épica -solemnidad sobre esplendor, ritualización sobre impostura, todo cuanto se da cita en “El hombre del norte” reclama el exceso y la excelencia. Su historia, con la que Shakespeare alumbró hasta devorar en demencia a “Hamlet”, abruma y desarma por su esencialidad.

Afirma Deleuze que “en el tiempo, solo existe el presente”, para añadir, sin rastro de inocencia en su verbo, que “el pasado y el futuro insisten en el tiempo”. De hecho, seguía abundando el filósofo, “es desde el pasado y el futuro desde donde se divide cada presente hasta el infinito”.

En el segundo año de la pandemia, en 2021, el cine regresó a Cannes y con él, en su sección oficial a competición, viajaba casi como un polizón entre las sombras, una pieza transterrada de un cineasta finlandés y extraño -un pleonasmo sin duda- llamado Juho Kuosmanen. Volveremos al director en breve pero ahora fijémonos en lo que nos aguarda en esta película.