Hay un velo de inquietante ambigüedad en todo lo que concierne a esta adaptación algo bizarra, algo anacrónica y conclusivamente hipersanguinaria de las últimas páginas de «La odisea» de Homero. Uberto Pasolini lidera un colectivo internacional para reescribir uno de los episodios más celebrados de la cultura grecolatina desde una sensibilidad de colmillo vengativo y discurso exterminador.
«Mi postre favorito» ofrece un masaje emocional de altas calorías pero una amarga almendra se esconde en su interior. Predica una vital exaltación de la sensualidad en la tercera edad. Sabe hacerse grande gracias a su buen rollo interpretativo y no oculta su vocación de cine para todos los públicos.
En un momento dado, hacia la mitad del filme y cuando ya vemos que el laberinto del infierno fundamentalista de los ayatolás ha desplegado su locura, tras ver una proyección torpemente censurada de «Sacrificio» de Andrei Tarkovski, la protagonista del filme, la alter ego de Azar Nafisi, verbaliza que (también) le gusta el cine de Tom Hanks.
Desde el primer compás, con la primera figuración, el rostro de Sidse Babett Knudsen,
la proverbial protagonista de Borgen, la intensa y pasional serie política danesa, impone su presencia. En todo lo que acontece a lo largo de los cien minutos que dura la película, ella,
Sidse Babett Knudsen, se impone como el centro neurálgico, como el alfa y omega de un relato claustrofóbico, agresivo y cruel sobre la venganza.
Sin Barbie Ferreira ni John Leguizamo, probablemente «Un «like» de Bob Trevino» podría haberse perdido en las tardes lacrimógenas de tantos filmes de sobremesa dominical. Nos referimos a esos títulos olvidables y olvidados que abundan en historias levantadas para echar la siesta con la apacible sensación de que nada nos perderemos porque en realidad nada relatan que merezca la pena ser recordado.






