Desde el minuto uno, «Los lazos que nos unen» reivindica una mirada feminista. Su enfoque personal y su reflexión sobre la maternidad y los hijos aparece insólita, algo inimaginable no hace muchos años.
Plano a plano, cuadro a cuadro, avanza Abril, un relato estremecedor sobre un tiempo siempre marcado por el ocaso, por la humedad y por el silencio. Su primer plano-secuencia advierte que en esta historia predominará un eco alegórico, un relámpago esotérico que crece sobre un cuerpo iluminado en medio de la oscuridad.
Como en tantas y tantas películas, desde el principio se nos advierte que su argumento está basado en hechos reales. Y como casi siempre que acontece ese aviso, se impone el temor de intuir que lo que nos mostrará nunca será (toda) la verdad de los hechos acontecidos. Peor todavía, a veces ni son exactos, ni siquiera fueron.
En ese instante crucial del parpadeo por el que cobra vida la magia que el cine a veces alcanza, Llúcia García, la neófita actriz que en «Romería» interpreta dos personajes y dos tiempos; el «sfumato» de una Carla Simón adolescente y los vestigios idealizados de su madre biológica, mira frontalmente al espectador.
La mejor manera de penetrar en lo que contiene una propuesta artística es simple. Solo hay que palpar su texto, abrazar lo que le constituye. Ese «leer» paso a paso, palabra a palabra, implica, por supuesto, desterrar los prejuicios, abandonar las ideas preconcebidas e incluso esquivar las querencias personales.
En apenas unas horas, una familia ucraniana que disfruta de sus vacaciones en un hotel de Tenerife ve transformada su condición. Ayer eran viajeros ociosos en busca de descanso frente a la vida cotidiana; hoy se han convertido en refugiados sin deseo ni vocación que deben debatir cómo y por qué regresan a ese Kiev donde la guerra les aguarda.





