Hay festivales cuyos premios, más que refrendar la calidad de una película, alertan sobre la inconsistencia de lo que allí nos aguarda. Dedicado al cine español, el festival de Málaga se ha convertido en el refugio de la segunda división del cine español, esa cita a la que llegan las películas que no fueron seleccionadas por ningún festival extranjero, las que desecha Donostia, no quiere Sitges ni Gijón, y desestima Sevilla y Valladolid. Así las cosas, que La vida inesperada hubiera cosechado una gran acogida en Málaga nada connota, pero mucho dice.
En el extremo opuesto al cine de autor, ese que Francia ha impuesto a medio mundo, se sitúa, también en territorio galo, otro cine de vocación populista y ninguna pretensión artística. Pertenece a la industria cinematográfica que se debe a la avaricia de taquilla, a la llamada del pelotazo. El camino habitual está asfaltado por comedia de trazo tosco y risa tonta. En ese reino, no hay ensayos ni reflexiones; no hay búsquedas ni rigor.
Estas “Crónicas” son más políticas que diplomáticas; más socarronas que realistas, más carne de divertimento corrosivo que testimonio comprometido y comprometedor. Al menos en apariencia. Con ellas regresa, nunca se había ido, un peso pesado del cine francés: Bertrand Tavernier. Tavernier, conviene recordarlo, es un francotirador en un país de ismos y familias. Allí donde otros conformaron grupos y clanes, Tavernier siempre fue un descolgado, un corredor solitario en una tierra de nadie.
El reparto actoral denota, esquinadamente, una declaración de principios sobre las querencias de quien lo (con)forma. Los actores llevan impresa en su piel, como un palimsepsto orgánicamente vivo, reflejos de los personajes que han sido. Son lo que son más la suma de esos ecos que resuenan en su ADN curricular. Wes Anderson, tras el crédito acumulado por su orfebrería de luna y sueño titulado Moonrise Kingdom, insiste en esas superposiciones con un reparto abrumador. Ninguno de sus intérpretes pertenece al territorio de lo blando.
Aunque la batuta de la dirección recae en Emilio Martínez Lázaro -un veterano realizador madrileño-, la partitura ha sido co-escrita por Borja Cobeaga. De hecho todo en esta desopilante comedia reclama su firma. La lucha de sexos entre un señorito andaluz de gomina en pelo y Virgen en vena, enfrentado a una neska guerrera, de flequillo perfilado y cabreada con su aita, funciona bien.
Todo en esta pieza de cámara ha sido cargado por el diablo. Y todo esconde algo entre sus pliegues, entre sus intersticios. Da igual que Emmanuelle Seigner, 47 años, la mitad de ellos casada con Roman Polanski, se pasee en ropa interior y casi desnuda como la Venus de Tiziano. De hecho, esa desnudez es la que deslumbra y oculta sus verdaderas intenciones. Poco pudor para un salto mortal retórico que mezcla la ironía con lo perverso.
Hace un par de meses, Martin Scorsese (Queens, 1942), cumplió 71 años. A comienzos de los años 70, cuando en medio mundo todavía se hablaba del mayo francés, dos años después de que Janis Joplin y Jimmy Hendrix dejasen sendos cadáveres de 27 años, Scorsese encabezó el grupo de los denominados “movie brats».
Cuando la película llega a su último tercio, a la hora de la verdad, parece obligado repetir, como si un mantra se tratase, lo que su título español indica: Sobran las palabras. Al menos, una parte de ellas porque en este filme se habla mucho y aunque algo se dice, da la impresión de que se gasta demasiada saliva para decir más bien poco.
El éxito de Futbolín en Argentina -dos millones de espectadores han pasado por los cines de su país de origen-, puede asemejarse al que aquí obtuvo Las aventuras de Tadeo Jones. Ambas representan la respuesta digna y comercial de la industria de la animación periférica a un mercado en el que Pixar manda, EE.UU. recauda y, de vez en cuando, Japón nos regala con alguna obra maestra.


