Deshagámonos de lo obvio. O sea de Federico Fellini. De La dolce vita, de Roma y de 8 y medio. No porque el cine del maestro de La Strada sea evidente, sino porque parece obligado hablar de Fellini al contemplar La gran belleza. El problema al rememorar su sombra y su peso, es que si solo miramos las huellas perceptibles de ese toque felliniano en este filme, no veremos lo que aquí hay de Sorrentino.
Con motivo de su pase en el Zinemaldia, recordábamos que Roger Mitchell era un director que alcanzó una evidente notoriedad gracias al romance imposible entre una diva de Hollywood y un librero de Londres. Aquella película, Notting Hill (1999), surgida a su vez del eco de La boda de mi mejor amigo (1997), mostraba cómo una Julia Roberts, en su papel de estrella, seducía a un Hugh Grant en su condena de apocado con problemas de expresión.
En su deseo de ser el más norteamericano de los cineastas franceses, Luc Besson se da el gusto de dirigir a Robert de Niro. Por si eso no fuera suficiente, recupera a un mito sensual de los años 80, Michelle Pfeiffer. Pero para comprender mejor la naturaleza de esta comedia hogareña es útil rememorar la juventud de Besson.
Hace trece años, Santi Amodeo se presentó con El factor Pilgrim (2000), un filme-disparate realizado junto a Alberto Rodríguez. Aquella comedia insolente, rodada en Londres, versión cañí de Trainspotting, sin dinero ni posibles, fue una carta de presentación que alcanzó una antagónica reacción. Para cierta crítica canónica, aquello era una broma soez carente de valor y de buen gusto.
Si el ministro de cultura fuera de verdad al cine y viera Stockholm sabría que sus afirmaciones sobre el cine español carecen de sentido. Es posible que en los últimos años haya habido demasiado estómago agradecido y mucho director adocenado empeñado en fundir subvenciones a cambio de filmar películas mezquinas, de ningún interés y sin ninguna vinculación con la realidad.
Con una de las filmografías más regulares, extensas e identificables de los cineastas contemporáneos, el cine de Allen aparece siempre fiel a sí mismo. Todas sus películas se parecen, pero todas se las ingenian para imponer una vuelta de tuerca que las hace reconocibles a su herencia, pero distintas a la anterior.
Musa de Luis Buñuel, Catherine Deneuve es una belle de jour si no de eterna juventud, ¡ay! eso no existe, sí de una atractiva dignidad que desafía el paso del tiempo. A sus setenta años interpreta en esta película de buenas intenciones y suaves maneras, la ¿última? huida hacia adelante de una madura mujer a la que le engaña el amante y se le hunde el negocio.
Si las películas durasen media hora, Alex de la Iglesia sería el mejor director español de la actualidad. Se ha afirmado eso tantas veces que empieza a ser reiterativo. Pero a él, le da igual, él insiste y no se enmienda. No hay película suya que no crezca sobre un punto de partida singular, atractivo, prometedor.



