En la secuencia cumbre, la única en la que el filme parece despertar insinuando un camino de irreverencia que finalmente no tomará, cuando Annie, el personaje que protagoniza Cameron Diaz, esnifa una raya de cocaína en compañía de su futuro director, un aparente ejemplar padre de familia que vela por la buena imagen del país de los sueños que se compran con dinero, la disparatada luz de los originarios Farrelly ilumina lo que hasta ese momento es pura mediocridad.

Durante unos minutos, Carnevale parece que se va a tomar en serio el dilema que plantea su largometraje. Vaya por delante que la película arrasó en Argentina. Pero pronto de despeja la duda. Su reflexión sobre la diferencia, esa radiografía sobre los prejuicios contra quienes no dan la talla, utiliza el mismo maquillaje que llevó a Intocable a ser un superventas.

Este abuelo, que protagoniza el título y el contenido de este filme, pretende ser divertido, pero a menudo resulta patético. Quiere arrancar carcajadas y provoca bostezos. Se reviste de comedia disparatada y al final se sabe que hay mucho de nonsense y nada de entretenido. Levantada sobre las huellas de un best-seller que arrasó en las heladas tierras vikingas, su traslación al cine no resulta brillante ni eficaz.

Comparada con Un franco catorce pesetas, ciertamente la similitud temática entre ambas películas resulta indiscutible. En el filme de Carlos Iglesias, se mostraban las vicisitudes de una generación de españoles que tuvo que emigrar a Suiza en los años sesenta; en el filme de Ruben Alves se ahonda en la encrucijada de una familia portuguesa que, tras treinta años de trabajo en París, se cuestiona regresar a su país de origen.

Este Puzzle chino, ese es su título original, no aporta ni una idea propia. Y sin ideas personales, nada hay en él que pueda reclamarse como original. Nada sorprende, nada la hará perdurable. De hecho, Cédric Klapisch, guionista y director, o sea, alguien que se reclama como autor, establece una torpe identificación con el protagonista; un escritor empeñado en una nueva novela, cuya vida sentimental y peripecias personales acaban sirviendo como nutriente definitivo de algo que se dice ficción, pero que no es sino proyección autobiográfica.

Nicholas Stoller, profesional británico enrolado en la industria norteamericana, presenta unas credenciales que, si se estrujan,dan como mínimo común denominador la búsqueda del éxito popular a cualquier precio. Dicho en clave industrial, Stoller milita en ese cine llamado comercial que huye del riesgo casi tanto como del talento.

Lo banal, o sea lo trivial y común no debe confundirse con lo anodino. Lo anodino es sinónimo de lo insignificante, lo ineficaz y lo insustancial. De lo banal sabía mucho Oscar Wilde, un genio de la sutileza y el humor. De lo anodino sabe casi todo esta película imposible que echa mano de ese subgénero que es la comedia romántica abrochada a la subtrama de lo grastronómico.

La presencia de Woody Allen, su innegable capacidad de empaparlo todo con expresión titubeante presidida por una mirada miope en permanente estado de perplejidad, lo anega todo. Para la mayoría, las películas de Woody Allen son todas aquellas en las que el actor aparece, poco importa quien las dirigió. Por eso, no han sido muchos los que se han atrevido y, desde luego, ninguno era convencional: Herbert Ross, Martin Ritt, Jean Luc Godard, Paul Mazursky… y ahora, John Turturro.

Llevado por un arrebatado amor de madre, Paco León, un actor de fortuna en series de televisión, puso contra las cuerdas a la industria cinematográfica española. El panorama del cine actual se divide entre quienes se mueven en el territorio oficial de Academias y Goyas y quienes, desde la periferia y el mundo universitario, practican un cine de bajo presupuesto y extrema singularidad. Carmina o revienta, título que se abrochaba al testimonio arrabalero del testimonio tardofranquista de El Lute, hizo lo más difícil todavía, salirse del tiesto, deambular por tierra de nadie.