Lo propio de Norah Baumbach es navegar a contracorriente, abrazarse a esos espacios de desajuste que poco tienen que ver con el mundo que Hollywood fabrica(ba). Eso lo supo ver uno de los más deslumbrantes talentos del cine actual, Wes Anderson, cuando contó con él como guionista. De hecho, quienes hayan disfrutado con The Life Aquatic y Mr. Fox sabrán (y creerán) reconocer aquí algunos sedimentos de su personalidad.
Morgan Freeman y Diane Keaton se dan un homenaje actoral y con él, realizan un encendido panegírico sobre las glorias de Nueva York y el privilegio de vivir en esa gran manzana que cada vez parece más una versión ¿adulta? de Disneylandia. Dicho de otro modo, Keaton y Freeman pasean con orgullo y disfrute el hecho de, como Bruce Springsteen, haber nacido en los USA.
Desde el primer toque, las cosas están claras. Tras los tres primeros chistes que provocan hilaridad en la sala, las cartas se ponen boca arriba y la sombra de Aterriza como puedas (1980) pide pista. Su irreverente tono humorístico señala el camino. No es casualidad que el oficio del padre de familia de esta disparatada comedia llena de sobreentendidos y más yanqui que la hamburguesa de McDonald sea piloto de avión en una línea de low cost.
Corría el año 1953, o sea hace 62 años, cuando Jean Becker se colaba en un estudio de cine para, en calidad de ayudante de dirección, colaborar con su padre, también director, en la película No toquéis la pasta. O sea, hace mucho tiempo. Ahora ha cumplido 77 años y su carrera cinematográfica es desigual; con tiempos de ausencia y con quiebros estilísticos de difícil comprensión.
En Hollywood, en el cine americano, el de Estados Unidos, no hay argumento descabellado ni relato que se perciba como insensato. Una de las sensaciones comunes a todo aquel que por primera vez viaja a Nueva York o a Los Ángeles, es comprender que todo el país no es sino un inmenso plató cinematográfico. Nada es irreal cuando lo real es (casi) todo. Así que ningún profesional del cine encuentra serios apuros en hacer verosímil que vuelen los superhéroes entre los rascacielos, que las tormentas de hielo paralicen Central Park o que los marcianos declaren la enésima guerra de los mundos.
Una frase tomada de un viejo filme del incontestable Lubitsch y la súbita aparición postrera de un Tarantino que ya no cumplirá los cincuenta años, establecen los límites referenciales en los que se mueve este Peter Bogdanovich considerado un maestro en los años 70 y hoy, desconocido para la inmensa mayoría del público que llena las salas de estreno en busca de superhéroes.
Si en 1993, Juanma Bajo Ulloa, se hubiese retirado del cine, las reseñas críticas le señalarían como uno más sólidos directores del panorama cinematográfico vasco del final del siglo XX. Ese año presentó su segundo largometraje, La madre muerta; un oscuro thriller sobre una obsesión que forjaba junto a su primer filme, Alas de mariposa (1992), uno de los más personales dípticos de aquel tiempo. Pero no, cuando el historial de Ulloa era rico en parabienes festivaleros, el cineasta alavés se sacó de la manga Airbag (1997).
A James Cameron se le recuerda por sus empresas desmesuradas, por esos filmes mastodónticos que destrozaban hitos de recaudación al tiempo que abrían nuevas formas o imponían modelos a imitar. Nadie ignora que Cameron fue el creador de Titanic, de Avatar, de Terminator e incluso de la segunda entrega de Aliens.



