Además de partir de algunos de los modelos más comerciales del cine norteamericano y francés de los últimos años, (El padre de la novia, Bienvenidos al Norte), la letra interior, esa sobre la que crecen los buenos argumentos, sabía del hacer de Vaya semanita. Ocho apellidos vascos triunfó porque poseía sólido oficio en sus materiales de partida. Había talento y recursos en Diego San José y Borja Cobeaga y se daba calidad notable y estado de gracia en los actores.

Mistress America, ya lo delata su título, se extiende entre el american way of life y el foreveryoung, pura tautología que esconde la recompensa de descubrir un inteligente guión con unos actores brillantes que avanzan al galope y con alta inteligencia. Así, si se supera la animadversión que provoca la (est)ética del mundo universitario USA y sus rituales iniciáticos; si se es inmune al Día de Acción de Gracias, familias (des)unidas y sueños de triunfo, aquí podrán hallar una pequeña joya del cine de ahora.

El propietario de la noche a la que se refiere el último delirio de Álex de la Iglesia se llama Raphael. En la película le llaman Alphonso pero nadie duda de que la intención de Álex de la Iglesia es (con)fundir al personaje de su cinta con el mito del tardofranquismo. ¡Ay pobrete, qué mala es la nostalgia!. Probablemente ya estaba en Balada triste de trompeta, en aquel ensayo sobre el comportamiento de la españolidad.

Una cosa es echar mano del eufemismo para evitar resonancias incómodas y otra provocar la confusión y ocultar su naturaleza. El título original de este interesantísimo y extraño filme de Alfonso Gómez-Rejón habla de una chica moribunda, un detalle nada baladí porque esa condición de enferma terminal da sentido a esta película que alguno ha definido como un love story hipster.

Alvaro Ogalla, coguionista y actor principal de El apóstata representa la columna vertebral de esta película de suaves maneras y descreídos modos. Con ella, su director y coguionista, maniobra con sutileza y concisión. No hay grandes medios ni largas ambiciones, aunque su paso por el Zinemaldia demostró que había títulos mucho más pequeños.

Si se quedan hasta el final, después de los créditos, hallarán otro chiste. Ilustra el robo de la figura de Chaplin en un intento banal de perpetuar el destino del legado de Chaplin: atraer a los pícaros vagabundos como el que él representó. El gag no es bueno pero sirve para que se lean los créditos y se comprenda que algunos herederos de Chaplin colaboran aquí.

Se dijo esto en estas páginas. En el cine de Woody Allen, cada nueva película se comporta como un eslabón más de una obra férreamente entrelazada. Una pieza que se articula con la anterior y que abraza a la siguiente. Tan parecida como diferente, tan genéticamente reconocible como específicamente distinta a las demás.
Hace tiempo que Allen dejó de entender el oficio como si cada nueva película fuera la última.

La espina dorsal de su argumento proviene de un transplante del guión de Bourne en un organismo que posee el corazón de un teenager amante de los tebeos. Eso provoca un extraño maridaje; un tono ambivalente que combina lo excesivo del thriller con lo hiperbólico del humor, una mezcla agridulce entre la acción y el chiste de sal gruesa y aceite espeso. Dicho así, cabría pensar en un monstruo bicéfalo y no es cierto.

En ese cruce imposible entre el agente 007, llamado James Bond y el superagente 86, de nombre Maxwell Smart, nació Anacleto, el agente secreto. El alumbramiento ocurrió en 1964 y pronto se convirtió en uno de los más célebres personajes de Manuel Vázquez Gallego. Vázquez, autor igualmente de las hermanas Gilda, la abuelita Paz, la familia Cebolleta y Ángel Síseñor era, como ilustraba la película de Óscar Aibar, El gran Vázquez (2010), un freakie cuando el término aún no se había inventado.