El cine francés, capaz de moverse en diferentes frentes sin perder el norte, mantiene su alta cuota de pantalla nacional gracias a un tipo de comedias románticas que han reiventado el viejo lema de cine de amor y lujo. Intocable fue uno de esos exponentes y Un hombre de altura, con una historia muy diferente, apunta al mismo público.
Antes de dirigir Iron Man 3 (2013), y antes de debutar como director con Kiss Kiss Bang Bang (2005), Shane Black fue actor en sus comienzos y luego guionista. Como escritor de relatos fílmicos, bastaría con citar El último gran héroe (1993) dirigida por John McTiernan y El último Boy Scout (1991) de Tony Scott, para certificar que Black no es ni mediocre ni bisoño.
Hay un virus que suele afectar a los contadores de historias. Dicha afección provoca sentimientos enfrentados. Se trata de un vértigo irreprimible pero que no muerde a todos. Ser o no víctima del mismo no es cuestión de talento ni de importancia, simplemente afecta a unos y deja indemnes a otros. Su manifestación más perceptible consiste en que, en un momento dado, estos contadores de cuentos se encuentran con la necesidad de hacer una película sobre sí mismos.
Eddie, el águila apenas tiene fisuras. Solvente y bien barnizada, se agarra con uñas y dientes a una gran estrella actoral, Hugh Jackman. Sin embargo, con ser el suyo un personaje decisivo, Jackman no es el protagonista. Eso ya resulta paradójico. El caso es que esta producción británico-germano-USA de rango medio, según el baremo yanqui, desgrana una historia de superación, una fábula inspirada en hechos reales de esos que ponen la piel de gallina a los adictos al lloriqueo.
Con factura impecable, aire de alta comedia, -es decir no busca la carcajada evidente sino la sonrisa cómplice-, y pulso ágil, Noche Real puede ser definida como una nadería tan agradable como inocua. Posee el aroma británico de una fruslería para acompañar al té de las cinco. Viene firmada por Julian Jarrold un profesional que conoce el oficio a fondo, lleva 30 años sin parar de trabajar para el cine y la televisión. Su obra siempre es correcta, sus películas viven en la discreción total. Ni gustan, ni disgustan. O dicho de otro modo, su trabajo se ve bien y se olvida rápido.
Hace 14 años Inés París y Daniela Fejerman irrumpían en el panorama del cine español con una comedia de probada eficacia y buen ritmo. Había algo insólito y prometedor en aquel A mi madre le gustan las mujeres. Desde la propia naturaleza de la dirección, dos mujeres al unísono, el otro caso paradigmático sería el de Maitena Muruzábal y Candela Figueira; al hecho de adentrarse en un género, el de la comedia en el que muchos lo intentan y pocos lo logran.
En Francia ha arrasado por su humor, por su pertinencia, por su implicación política. En el resto del mundo la cosa parece mucho más complicada. Es la primera película de Kheiron, un humorista francés de origen iraní que, para debutar como realizador de cine, escoge algo que conoce muy bien, su propia biografía familiar. Kheiron escribió, dirigió e interpretó esta historia presidida por la figura de su padre.
Una sensación de déjà vu atraviesa de principio a fin El nombre del bambino. Y no es porque se trate de un remake, de cuyo referente anterior permanecen restos. Como esos ecos distantes de unos chistes antes contextualizados en Francia y ahora trasladados a Italia; antes con referencias al nombre de pila de Hitler y ahora con guiños a Mussolini. Ese sabor a plato recalentado no descansa en que aliña un argumento ya conocido, sino en cómo formaliza su contenido.
Se nos había olvidado que hay dos tipos de películas Coen. Esa lección se formuló poco después de su debut con Sangre fácil. Exactamente, dos años después, cuando presentaron su segundo largometraje, Arizona Baby. Desde entonces y durante los primeros años, cada nuevo estreno de los Coen, era recibido con temor. Si había noticias de que la cosa iba en serio, de que se adentraban en el género noir, o que al menos no buscaban hacer reir, se sabía que el filme merecería la pena.
Desde el mismo arranque se sabe que Deadpool no va a hacer trampas. En ella no hay cartas escondidas. Todo es lo que se ve, y lo que se ve es una resabiada mezcla de humor grotesco y acción. O sea, sal gruesa con sabrosos tropiezos y mucha desvergüenza. Hay que reírse; quiere que nos riamos. Para ello retuerce el modelo consagrado en los últimos tiempos, el de los pliegues oscuros de superhéroes atormentados. Arremete contra esa narrativa hecha de metafísica simbólica y angustia política a lo Christopher Nolan.

