Lo primero que queda claro tras la proyección de “El mejor verano de mi vida” es que, sin Leo Harlem esta película no funcionaría. El principal protagonista de esta película es a Leo Harlem lo que Torrente a Santiago Segura.
Con una frecuencia inevitable, porque la evidencia lo impone, a la hora de explicar qué lugar ocupa este filme de David Trueba, aparece el nombre de Linklater. Hay unanimidad en percibir, aquí, el influjo del autor de “Boyhood”. Ciertamente, si unimos “La buena vida” y “Casi cuarenta”, se obtiene una (re)visión parecida.
Será solo casualidad, nadie lo discute, pero sigue bajo sospecha la coincidencia de dos naufragios en el mismo sitio. Tanto Orson Welles como Terry Gilliam, dos americanos errantes en Europa, dos yanquis fugitivos, desterrados de EE.UU. por iconoclastas, por irreverentes y por indomesticados, se obsesionaron con la locura de don Quijote.
Clara Martínez-Lázaro, como Jonás Trueba o como Víctor García León, nacieron con el cine como chupete. Los tres se alimentaron a golpe de comedia (madrileña). Hoy los tres habitan en el humor, aunque con planteamientos muy diferentes. Guionista y directora de Hacerse mayor y otros problemas, Clara Martínez-Lázaro parece inspirarse en su propio contexto para hurgar en las dudas, angustias y esperanzas de una joven que encara la treintena sin querer recorrer el camino convencional que le rodea.
Hace unos años Mateo Gil era la cara oculta de Amenábar. Era ese 50% sumergido en el anonimato. Así, mientras Amenábar era saludado como el portavoz del cine español de la generación del advenimiento del siglo XXI, Gil ocupaba un discreto segundo plano en la sombra. Sin menospreciar la calidad de esa filmografía conjunta, (Tesis, Abre los ojos, Mar adentro y Ágora) Mateo Gil sigue apareciendo como un profesional de rostro irreconocible que, cada vez que intenta hacer algo por su cuenta, se abisma y se pierde.
Fesser transita espacios agrestes con temáticas infrecuentes en el cine español. De hecho, con Campeones cabe rastrear referencias de procedencias tan lejanas como exóticas. Al menos tres fuentes parece pertinente traer a colación ante ella. Una procede del cine de Bollywood; otra, de Hollywood; y la última de Japón.
Durante 26 años Yôji Yamada se dedicó casi por completo al mismo personaje. Durante un cuarto de siglo, aventura a aventura, consagró su existencia a Tora-san, un viajante arquetípico del imaginario japonés que adoptaba la sublimación del referente romántico nipón. Esto implicaba que, en la mayor parte de sus historias, Tora-san se quedaba compuesto y sin novia. La mejor prueba de amor no es culminar el deseo, o sea satisfacer el impulso, sino renunciar a él si hay circunstancias que así lo aconsejan.




