La primera reacción tras ver La muerte de Stalin nos interpela con una cuestión: qué hubiera pasado si este filme se hubiera realizado hace cincuenta o sesenta años. Es decir, en plena guerra fría. En el tiempo de los hechos aquí narrados. Lo que aquí se desvela gira en torno a los últimos días de vida de Stalin.

Habría que preguntarse por qué dos de los directores que mejor han sabido desvelar el núcleo duro del freakismo y el arrabal cañí, Alex de la Iglesia y Santiago Segura, ahora, en 2018, con apenas unas semanas de diferencia, estrenan sus últimas películas levantadas sobre historias ajenas.

Hay un vocablo (el idioma inglés nunca cesa de engendrar nuevas palabras), para designar la naturaleza de filmes como este. A las películas con su ADN, se les conoce como “mumblecore”. Con ese término se designa a una serie de cineastas y obras del llamado cine indie más periférico; el que se sitúa en los arrabales de la producción de low cost y la extrema libertad.

Hace dos décadas, obras como Orlando (1992) y The Tango Lesson (1997) sirvieron como tarjeta de presentación para una directora, Sally Potter, que se adentraba en la tradición de cierto cine británico de ensayo y heterodoxia. Como ocurre cada vez que surge una voz singular, la controversia y la división de opiniones acompañaron su trayectoria.

Un dicho popular se encarga de recordarnos que “la ganancia nos emboba”; es la manera natural de revelar que el éxito desbroza el camino más directo hacia el fracaso. Intocable, un filme enérgico, bienintencionado, hábil para equilibrar la incorrección política -entendida como protocolos del comportamiento social-, con el humor y la reivindicación, arrasó en medio mundo.

En todo cuanto se ha escrito sobre Una vida a lo grande, hay acuerdo absoluto. Alexander Payne, probablemente uno de esos buenos directores que practica cine adulto en el jardín de la infancia en el que se ha convertido el cine comercial estadounidense, ha partido de una idea genial para un filme inclasificable.