Cada vez que se estrena un nuevo filme de Woody Allen hay que referir una cuestión decisiva para comprender los mecanismos de su trabajo. En la década de los 80, en plena madurez personal, con el descalabro del tiempo de cerezas que vivió junto a Diane Keaton, actriz con la que siempre ha mantenido una relación amistosa, Allen intentó emular el cine de sus dos mayores referentes: Federico Fellini e Ingmar Bergman.

En su primera encarnación, “Una pequeña mentira” fue una novela gráfica obra de los españoles Mario Torrecillas, guionista, y Artur Laperla, dibujante. Ahora, en manos de Julien Rappeneau, un solvente director que fabrica best sellers cinematográficos con aparente facilidad, la historia de un pequeño y joven jugador de fútbol, víctima de una convivencia familiar problemática, compone un conmovedor cuentecillo. Un tebeo conciliador.

Rodada en euskera y heredera de un filme pionero en su género realizado hace casi 15 años, “Agur Etxebeste” aparece como una comedia de humor suave y crítica leve. Asume y quiere ser un producto amable que pellizca sin herir y que entretiene sin apasionar. Evita los barros de cierta comedia grotesca de escatología y humor chusco a cambio de conformar un divertimento, de baja intensidad y corto alcance.

Estructurada como una obra teatral, su desarrollo fluye de manera obsesiva en el interior de una vivienda. En concreto, en el cuarto de estar donde seis personajes esperan las cartas postreras que un amigo suicidado les ha escrito a modo de clausura y epitafio. Con un argumento bastante manoseado, (sí como los amigos de Peter), transcurre este filme del que, como la vieja canción de Barricada, podría decirse que lo suyo “es puro teatro”.

Probablemente lo más relevante de “Vivir dos veces” sea una adolescente llamada Mafalda Carbonell. No podemos todavía saber si será una gran actriz pero, sin duda, en ella habita lo más sincero de un filme demasiado preocupado por endulzar lo que no admite paños calientes ni miradas poéticas. El Alzheimer representa una auténtica maldición.

Hace dos décadas Santiago Segura acuñó un término que desvelaba una de las características fundantes de su espíritu carpetovetónico. Era el cine de, con y para “amiguetes”, una fórmula consistente en llenar los intersticios de un filme con la presencia del compadreo, vocablo cañí para definir, no la ayuda de la amistad, sino el empuje de la autocomplacencia y el capillismo. Los amiguetes arruinaron al prometedor director que Segura llevaba dentro.

Desde los créditos ya hay un acto mentiroso en este filme. Se encuentra en su propio título: “Lo nunca visto”. ¿Por qué se proclama como inédita una propuesta cinematográfica cuando su ADN se sabe portador del costumbrismo más convencional de la llamada comedia española? ¿Por qué lo pone tan fácil el desacreditar su originalidad, si del primer al último fotograma se debe a la vieja españolada empeñada en encallar siempre en los mismos chistes?

A “Wild Rose” le pierde el exceso y le sobra un injustificado empeño en rebajar el dramatismo implícito en su argumento. Eso provoca una alarmante falta de sinceridad a la hora de afrontar la verdad implícita en unos personajes que se deshacen entre el histrionismo y la blandura, entre la música y el silencio.

“Los Japón” cabalga sobre los altavoces propagandísticos de “Atresmedia” y aspira, con total merecimiento, a ser considerada la comedia española más nefasta de lo que llevamos del siglo XXI. Su existencia consigue que si la subvención pública en el mundo del cine provocaba desconfianza, el mecenazgo privado y la dictadura de las cadenas de televisión sea visto como garantía del final de toda esperanza para el cine español.

El padre de la comedia madrileña, Fernando Colomo, ahora que ya es abuelo confeso y quién sabe si cautivo de su propio legado, tras un espejismo en clave de cine verité llamado “Isla bonita” (2015), reincide, como con su anterior filme, “La tribu” (2018), en encerrarse en su zona de confort: el esperpento de la parodia y lo estrambótico. Así que, en esta ocasión se abraza a la chirigota, se pasea por Cádiz, enrola a actores televisivos de series corales que van de arriba abajo y evidencia lo que ya se sabía: que la comedia madrileña jamás existió.