Todo en «Personal Assistant» se sabe profesional. Cine de lujo y música. Técnicamente, el filme rebosa calidad. La hay en las mimbres que tejen su urdimbre y la hay en el envoltorio que recubre un folletín obnubilado por el glamour y la vacuidad. Si desde la mirada de un productor resulta casi perfecta, desde donde se atiende a otras cuestiones menos “crematísticas”, se sabe que su contenido habita un cuerpo muerto, no es sino un cadáver insostenible en un tiempo enfrentado a su vulnerabilidad.
Eso que algunos denominan el sublime tiempo de lo nupcial -esas cosas propias de bodas y bodorrios-, se ha convertido en tema recurrente de todo tipo de comedias. Algunas son buenas, bastantes malas; la mayoría, peores. El caso es que comienza a fatigar en exceso esa traición a nuestra esencia occidental de buscar originalidad.
La gran aportación, la única que logro encontrar, a “Te quiero, imbécil”, descansa en su capacidad para confirmar una obviedad: La caspa y el mal gusto no son privativas de la masculinidad. En consecuencia, se puede hacer cine zafio y ser muy machista aunque el nombre que figura en el DNI sea, por ejemplo, Laura, como demuestra fehacientemente esta incursión sobre las desventuras de un treintañero definitivamente imbécil.
Nos llega de la vecina Francia un cargamento de comedias que hacen del género un disfraz, para afrontar el tema de la emigración. “Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho…ahora?” de Phillippe de Chauveron es, además, la continuación de una de esas incursiones que se cerró con un evidente éxito comercial.
El saber popular no se cansa de repetirlo, de buenas intenciones el infierno se llena. Ese averno está tan lleno de ellas como lo estuvieron hace unos años los videoclubs, y hoy las plataformas, de malas películas que creyeron que estaban haciendo algo decente. La decencia, en este caso, se reviste de reflexión sobre los otros, sobre la población emigrante en la Francia del bienestar.
Una lluvia de estrellas recibidas por ilustres cronistas desconocidos rodea la foto del retrato familiar que preside el cartel propagandístico de “The Farewell”. Ese empeño en avalar los estrenos con más estrellas que un árbol de navidad no es sino el patético esfuerzo de los publicistas, en cuyas manos se encuentra el destino de las salas de cine.
Unos calcetines colgados, puestos a secar enfrente de un ventanuco de lo que se adivina es un semisótano, marcan el inicio y el final del salvaje periplo de unos protagonistas que caminan descalzos. La desnudez de los pies es un atributo extremo. Llevar los pies desvestidos, sin protección, es condición solo al alcance de quien no tiene nada que perder: los dioses y los desheredados. Los burgueses no, los burgueses llevan siempre los pies bien protegidos.




