En Sundance, un festival cuyo prestigio se devalúa de año en año, deslumbró a todo el mundo. Probablemente porque todo el mundo se empeña en confundir el tema con su contenido, la idoneidad de la denuncia con la calidad de su alegato. En este caso, un abismo separa una cosa de la otra y para quién quiera verlo, si se asoman a su
interior, la evidencia se impone: autocomplacencia formal y demagogia fácil. Una irreverencia para quien osa titular su filme como la piedra angular sobre la que nació el cine en EE.UU.

El cine de Pablo Larrain siempre incomoda, siempre acaba escociendo. Por más que se escriba que 2016 ha sido su año -(ha estrenado dos películas, Neruda y Jackie y en EE.UU. se presentó también su filme anterior, El club)-, Larrain dista mucho de asemejarse al fabricante de tragaóscares, el mexicano González Iñárritu. Tal vez para un yanqui miope, la latinidad de Larrain lo emparente con Iñárritu, pero ciertamente la acidez de los textos de este chileno de familia bien y de cine virulento, alcanza extremos al alcance de muy pocos.

Basada en hechos reales, al final de Loving, segundos antes de que salgan los créditos, su director, Jeff Nichols, rescata la imagen real de los verdaderos protagonistas en un encuadre exacto al que hemos visto durante la recreación de su desventura. Se trata de un recurso mil veces utilizado que, en este caso, debe ser leído como una declaración de intenciones de Jeff Nichols.

Decir que Silencio de Martin Scorsese es una mala película, a parte de una grosería a la vista del magisterio de su autor, desemboca en una simpleza gratuita. Diremos de Scorsese, uno de los grandes narradores del cine de los últimos cincuenta años, como decía Pasolini de Leone, cuando no hace películas buenas no son malas, simplemente resultan fallidas. Indudablemente Silencio no está a la altura de los mejores trabajos del autor de Toro salvaje y Taxi Driver, pero eso no impide que en ella, como relámpagos fugaces, destellen de vez en cuando instantes de un cine grande concebido a través de una erudición exhaustiva.

Como el mundo del boxeo, el territorio de los conventos de monjas suele aportar, de vez en cuando, buen material narrativo para el cine. En ambos casos, son tantos los títulos y condiciones que casi se podría hablar de un subgénero con entidad propia. Las inocentes la tiene, lo que pasa es que su realidad ha tropezado con una referencia demasiado cercana en el tiempo y en el espacio, de modo que, la mayoría de las crónicas que provoca, caen indefectiblemente en la tentación de citar Ida (2013), la desasosegante película de Pawel Pawlikowski.

Infiltrado no es un filme pequeño. Ni esconde que pretende medirse con los grandes del thriller. Brad Furman, su director, tuvo un notable comienzo pero, poco a poco, ha ido desfalleciendo. Quizá por eso, al encontrarse con el material de la novela de Robert Mazur, el personaje protagonista de este relato, Furman elevó su apuesta convencido de que tenía ante sí la gran oportunidad de significarse como uno de los grandes del cine actual.

Clint Eastwood lo ha reconocido, nunca se anda con calculadas declaraciones de corrección política, pero aunque no lo hubiera hecho, tras ver la película, se hace evidente que la simpatía del narrador se abraza a favor de su protagonista: Sully. Si en la realidad, Sully pasó por un proceso infernal en el que se cuestionó su decisión y su profesionalidad, Eastwood no tiene duda alguna.

En este filme de Oliver Stone hay un detalle mínimo que a la inmensa mayoría le pasará desapercibido. Se nos dice que una de las películas favoritas de Snowden es Ghost in the Shell. Esa obra mayor del anime japonés -que está a punto de ser traicionada por Hollywood-, plantea el advenimiento del hombre nuevo. En realidad, de una mujer cuya identidad física resulta intangible porque su naturaleza reposa en la red informática. Snowden, el espía que se cansó de espiar y que denunció a su propio país, EE.UU., por su ilícito afán de controlar todo, era un patriota.

Estamos huérfanos de un cine que tome partido con la realidad, que se manche en sus retratos, que destape lo que sospechamos pero no se airea. Por esa falta de costumbre cuando nos llega un filme como éste, El hombre de las mil caras, y nos obligar a conjugar el recuerdo que percibimos como real, con lo recreado que sin duda está mejor documentado pero nos suena a artificio, no sabemos qué cara poner.