En el último segundo, como ocurre con otras muchas películas edificadas sobre cimientos “basados en hechos reales”, Aisling Walsh cede a una tentación fatal. Muestra unos relámpagos de la verdadera Maudie, la que inspiró este filme al que Sally Hawkins le confía sus mejores talentos, sin conseguir jamás eludir el lastre de la impostura.

Aunque al comienzo de este testimonio fílmico, en una entrevista grabada en 1991, Chavela Vargas diga que lo importante es el futuro, que el pasado poco o nada importa, las documentalistas Catherine Gund y Daresha Kyi no hacen sino bucear en el origen de la incontrolable Vargas para construir su historia.

Cuando la muerte empezó a fijarse en Franco, Portugal se enfrentaba a la pesadilla de guerrear para mantener sus propiedades coloniales en Angola. Aquel conflicto trajo una revolución y liberó a Portugal. En aquellas batallas sin honor ni sentido, Antonio Lobo Antunes escribía arrebatadas cartas de amor para acompañar el embarazo de su mujer, a cientos de kilómetros de distancia.

En su traducción al español, este filme de presupuesto flaco y alcance largo, ha mutado el sentido de su título. De “Sal” o cualquier otro sinónimo que implique el “consejo” imperativo de huir; se ha pasado a “Déjame salir”. Es decir, se produce un giro sustancial que va de la orden al ruego, del mando al por favor, del aviso de un observador activo a la súplica de un atrapado apesadumbrado.

A James Gray, el libro de David Grann le sirve para reincidir en su ensimismado universo. Es decir, la aventura de Percy Fawcett, un militar británico de comienzos del siglo XX que dio buena parte de su tiempo y su vida para cartografiar Bolivia y descubrir los secretos de la Amazonia, es un pretexto con el que Gray evidencia que filma extraordinariamente bien.

n el título original, traducido de manera literal, se encierra la verdadera clave de este filme basado en hechos reales y narrado de manera canónica. Amma Asante lo dirige como si estuviéramos en los años 40 ó 50. No oculta su deseo de ortodoxa belleza, usa academicismo argumental y derrocha templanza en sus estampas ejemplares.

Hace apenas unos años, Stefan Zweig era un escritor olvidado. Sólo algunos cinéfilos, gracias a Carta de una desconocida de Ophüls, y lectores muy versados lo tenían en mente. Ahora, sus obras se reeditan con fulgurante éxito y su figura, con el resquebrajamiento de Europa, ha crecido hasta constituirse en una suerte de símbolo melancólico que engarza las sombras de los años 30 con las incertidumbres de nuestro tiempo.

Lo que vivió Europa entre los años 30 y 40 del pasado siglo fue un infierno del que no cesan de aflorar sus espantosas miserias. En ese reparto entre culpables y víctimas, 70 años después de los hechos, se impone poco a poco una reescritura de los delitos y faltas de poderes, ciudadanos y familias más allá del juego perverso de asumir y aceptar que la historia la escribe quien la gana.

La comparación tiene miga y está cargada con sentido. Concebir el McDonald como la nueva iglesia americana, es decir, como el templo al que cada fin de semana acude la familia para celebrar unida su ocio sin que se vea excesivamente perjudicada su cartera, tiene gracia y bucea en la paradójica naturaleza del ADN norteamericano.