Durante un breve instante, el padre de la escultura moderna, el amante ¿vampiro? de Camille Claude, llevó hábitos y se convirtió en el Hermano Agustín. Había encadenado fracaso tras fracaso y pronto supo que, como pintor, nunca superaría a sus coetáneos.

Dibujado con fervor de geómetra y obediencia fordiana, “Sweet Country” pronto evidencia que de dulce nada tiene. Al contrario, su historia duele por amarga. Todo en este filme rezuma polvo y sequedad. Como los aborígenes que se pasean como fantasmas desterrados de su patria.

El director de este docudrama proviene del cine de no ficción. De ahí que necesita armarse de realidad. De hecho. tras una solvente trayectoria como documentalista, Borg, McEnroe, la película, surge como una ficción de escalofriante realismo. Una ficción que recrea un partido de tenis que existió; el que por vez primera enfrentó a los dos mejores tenistas de ese momento.

La voz en off, o voz superpuesta, lleva proscrita en el cine desde hace décadas. Incluso su definición -se dice que su uso se convoca cuando el relato cinematográfico no se explica bien-, parece reducir este legítimo recurso a una suerte de quitamanchas indeseado e indeseable. Eso no impide que, como en todo tópico, habite en él algo de verdad.

La primera reacción tras ver La muerte de Stalin nos interpela con una cuestión: qué hubiera pasado si este filme se hubiera realizado hace cincuenta o sesenta años. Es decir, en plena guerra fría. En el tiempo de los hechos aquí narrados. Lo que aquí se desvela gira en torno a los últimos días de vida de Stalin.