La mejor manera de penetrar en lo que contiene una propuesta artística es simple. Solo hay que palpar su texto, abrazar lo que le constituye. Ese «leer» paso a paso, palabra a palabra, implica, por supuesto, desterrar los prejuicios, abandonar las ideas preconcebidas e incluso esquivar las querencias personales.
En apenas unas horas, una familia ucraniana que disfruta de sus vacaciones en un hotel de Tenerife ve transformada su condición. Ayer eran viajeros ociosos en busca de descanso frente a la vida cotidiana; hoy se han convertido en refugiados sin deseo ni vocación que deben debatir cómo y por qué regresan a ese Kiev donde la guerra les aguarda.
Así como Akiva Schaffer no es David Zucker, el final de los 80 y los primeros 90, poco tienen que ver con estos histéricos años 20 sustentados sobre la madre de todas las mentiras. Farsas judiciales, falsedades políticas, patrañas económicas y calumnias bélicas circunvalan el tiempo histórico de esta nueva incursión en el cine disparatado, el de la acumulación de bromas políticamente incorrectas. Es la hipérbole del «caca, culo, pis».
Hay un velo de inquietante ambigüedad en todo lo que concierne a esta adaptación algo bizarra, algo anacrónica y conclusivamente hipersanguinaria de las últimas páginas de «La odisea» de Homero. Uberto Pasolini lidera un colectivo internacional para reescribir uno de los episodios más celebrados de la cultura grecolatina desde una sensibilidad de colmillo vengativo y discurso exterminador.
«Mi postre favorito» ofrece un masaje emocional de altas calorías pero una amarga almendra se esconde en su interior. Predica una vital exaltación de la sensualidad en la tercera edad. Sabe hacerse grande gracias a su buen rollo interpretativo y no oculta su vocación de cine para todos los públicos.






