Cuando Cesc Gay (Barcelona, 1967) no afila su navaja, su cine se precipita hacia el abrazo tierno, Truman (2015). Cuando le sale el instinto canalla, sus películas desnudan lo cotidiano con una mezcla extraña de lucidez, humor y horror, Una pistola en cada mano (2012).
Plano a plano, cuadro a cuadro, avanza Abril, un relato estremecedor sobre un tiempo siempre marcado por el ocaso, por la humedad y por el silencio. Su primer plano-secuencia advierte que en esta historia predominará un eco alegórico, un relámpago esotérico que crece sobre un cuerpo iluminado en medio de la oscuridad.
Como en tantas y tantas películas, desde el principio se nos advierte que su argumento está basado en hechos reales. Y como casi siempre que acontece ese aviso, se impone el temor de intuir que lo que nos mostrará nunca será (toda) la verdad de los hechos acontecidos. Peor todavía, a veces ni son exactos, ni siquiera fueron.
En ese instante crucial del parpadeo por el que cobra vida la magia que el cine a veces alcanza, Llúcia García, la neófita actriz que en «Romería» interpreta dos personajes y dos tiempos; el «sfumato» de una Carla Simón adolescente y los vestigios idealizados de su madre biológica, mira frontalmente al espectador.
El debut de Alberto Morais como director de largometrajes supuso una declaración de admiraciones. «Un lugar en el cine» (2007) se movía a caballo entre el ensayo y el documental, contó con dos presencias emblemáticas, Víctor Erice y Theo Angelopoulos, y desde entonces, Morais (Valladolid, 1976) ha levantado una filmografía con tanta calma como coherencia y consistencia.






