La trayectoria de Ibon Cormenzana (Bilbao, 1972) lo convierte en un profesional de difícil etiquetación. Guionista, director y productor, su nombre aparece en multitud de películas que hacen casi imposible determinar para todas ellas un mínimo común denominador.
Dado que la sustancia nuclear de «El jockey», lo que le confiere su singularidad, gira en torno al tema de la identidad, habrá que exponer que solamente desde esa quimera argentina de psicoanálisis y mate es posible crear un filme como éste. Solo un «pibe» sin freno puede bailar tan agarrado a Kaurismäki como mostrarse transido por Lynch.
Resulta evidente que La trama fenicia, la última locura de Wes Anderson, comparte con Viridiana algunas extrañas coincidencias. Y parece posible que éstas podrían haberse gestado cuando en Chinchón y Colmenar de Oreja, el iconoclasta Anderson se refugió con su equipo para rodar Asteroid City (2023).
En la zona central de «Si yo pudiera hibernar», más o menos hacia la mitad de la película, se escucha la frase que da título a esta edificante película. La dice el hermano pequeño de los tres menores que, abandonados por su madre alcohólica, sufren hambre, privación y enfermedad en medio de una miseria asumida con extraordinaria dignidad.
En el Jaén profundo, el de los aceituneros altivos que cantó Miguel Hernández, se encuentra el alfa y el omega de este relato de Belén Funes, su segundo largometraje acunado tras el impacto de «La hija del ladrón» (2019). Como Anabel, la protagonista interpretada por Elvira Lara, Belén Funes lleva sangre andaluza en las venas, aunque su vida y su formación como realizadora se gestó en Barcelona.
Un rodaje accidentado afectado por los coletazos de la Covid-19, una segunda parte retrasada más de la cuenta, una sensación crepuscular de final de partida, un argumento con ecos provenientes de las siete entregas anteriores y un Tom Cruise eterno, decidido a seguir a toda costa, determinan lo que «Misión imposible: sentencia final» encierra en su interior.
De Unamuno a Chesterton, de Bresson a Hitchcock, nunca han faltado inspirados narradores de colmillo fino y alta pluma que han sabido extraer oro del desván eclesiástico. La orden sacerdotal de la religión católica, siempre hermética, casi siempre oscura y a veces perversamente húmeda, ofrece recovecos y telarañas, infamias y heroicidades, dignos de analizar.




