Cuando en la recta final, en ese momento en el que el nudo comienza a des(a)nudarse, una de las walkirias juguetea con una pequeña caja de música, el público avezado (pre)siente, como hace el hierático Max-Tom Hardy, una sensación de déjà vu premonitoria y enigmática. Brilla fuera de la pantalla un relámpago de autoconsciencia que articula el pretérito, lo que ya sabíamos, con el por/venir.
En Málaga, en su festival abrochado al cine español, A cambio de nada cosechó premios y parabienes. Sabemos que los ecos de ese festival nada garantizan y este largometraje con el que debuta como director Daniel Guzmán se alza como un buen ejemplo del pobre nivel de un evento mejor vendido que atendido. Guzmán, actor antes que director, debutó hace años con Sueños (2003), un cortometraje que tuvo una gran acogida y que todavía se recuerda.
Cuando el gran triunfador del Oscar 2015, Alejandro González Iñárritu, calificó a las películas de superhéroes de genocidio cultural, no lo hizo pensando en La era de Ultrón. Probablemente ni siquiera sabía que se estaba rodando. Iñárritu lo que hizo fue reiterar lo que en su película, Birdman, se hace evidente: que el director mexicano fue un niño sin tebeos.
Así como los accidentes de circulación suponen la mayor intromisión del azar y la muerte en las acomodadas existencias de la clase media de la sociedad del bienestar; la boda y su ritual, parece ser el gran evento, ese pequeño y fugaz fogonazo de glamour para esas vidas comprometidas con una rutina sin sobresaltos. Convertido en un subgénero, el número de películas que gira en torno a una boda crece cada momento.
Jaume Collet Serra se ha convertido en un profesional yanqui. Español de nacimiento, su pasaporte no cuenta. A diferencia de Almodóvar, Amenábar, Bayona y Trueba, no estamos ante un cineasta que hace las Américas, sino ante un director que nació figuradamente allí. Sus películas han sido más vistas en EE.UU. que todas las de los cuatro directores citados. Pero en su tierra natal, pocos sabrían reconocer su rostro.
En los primeros compases de la primera entrega de Piratas del Caribe, tras un deslumbrante arranque en la más pura y clásica ortodoxia del cine de aventuras, Johnny Depp rompía la compostura para dibujar un filibustero de trazo grueso, pose amanerada y rictus de náusea. Su primera aparición culminaba con el hundimiento de su bajel. Encaramado en el palo mayor, justo cuando éste se sumergía en el agua, su personaje, Jack Sparrow, llegaba a tierra firme.
Gerardo Herrero, productor de Felices 140, y director de un puñado de intentos cinematográficos, la mayoría olvidados sin pena ni rencor, se adentró con frecuencia en el mismo campo de batalla que aquí excava Gracia Querejeta. Una de sus mejores cintas, Las razones de mis amigos (2000) guarda una estrecha relación con Felices 140. A ambas películas se les descubre un idéntico diagnóstico proveniente de esa sabiduría de refrán que dice: “que Dios me guarde de los amigos porque de los enemigos me protejo yo”.
Carne de acné entrenada en el mundo de la video-consola, con largas horas de series de televisión y algunas lecturas “juveniles”, la segunda entrega de la adaptación cinematográfica de la obra de Veronica Roth demuestra que lo que nace torcido nunca se endereza, por más que en ese juego de comparaciones se pueda sentir más o menos simpatía por esta adaptación nacida como ¿humilde? competidora de sagas tipo Crepúsculo o Los juegos del hambre.
Una de las obras más inolvidables de Pasolini fue La Pasión según San Mateo. En ella la figura de Cristo y el contenido de su discurso se elevaba, con un tratamiento desnudo de manierismos, como una exigencia de reacción en una Italia traicionada por todos. Pasolini, el poeta y director, el intelectual provocador, resultaba tan insoportable para el Vaticano como inadecuado para la izquierda ortodoxa.
Tan banal como brillante, Focus podría haber sido una reinvención de El golpe de George Roy Hill; una interpretación contemporánea de unos granujas amables. Hay una larga lista de obras que han reiterado el paradigma; o sea que muestran a rateros sin maldad y/o delincuentes sin violencia redimidos por la vileza de quienes controlan el mundo. Aquí, la hipotética denuncia social no existe, aquí todos aparecen (re)tratados como personajes simpáticos e inofensivos; muñecos de guiñol de un teatrillo de cachiporra y mentiras.

