La carrera cinematográfica de Neill Blomkamp, cineasta sudafricano nacionalizado en Canadá, tuvo un arranque fulgurante apoyado por el mismísimo Peter Jackson: District 9. La segunda entrega fue una profunda decepción: Elysium. Sabedor de que su crédito podía apagarse por completo, Neill Blomkamp con su tercera película, Chappie, ha buscado refugio en sí mismo y en un referente del que toma prestado mucho más que un cierto parecido: Paul Verhoeven.
Negociador entre sus virtudes aporta algo bastante escaso en el cine español: mira al presente y no teme rozarse con la condición humana. Uno de los factores del desapego que el público de este país dispensa a su cine reside en que éste evita el contacto con lo real. Piensen cuántas veces se ha llevado a la pantalla con rigor y sin miedo cuestiones que han condicionado nuestra existencia reciente. En un tiempo sacudido por la corrupción, atravesado por la violencia, edificado sobre mentiras y sostenido por la hipocresía y la desigualdad, resulta difícil citar películas en las que se puedan atisbar bocados de realidad.
Bennett Miller, en cuanto director, se mueve en el terreno de juego del relato cinematográfico en una franja diametralmente opuesta a la que ocupan gentes como Quentin Tarantino. Sus historias se gestan en la periferia, crecen en la elipsis y fían su suerte a lo apenas entrevisto. En lugar de buscar su juego en los espacios libres de la ficción, Miller se enreda en el campo de minas de lo real; en vez de mover títeres fabricados al servicio del argumento, se abisma en biografías pantanosas, con reflejos históricos y sombras de inconveniencia que maniatan su capacidad de movimiento.
La opción estética asumida por Abderrahmane Sissako, una suerte de responso sin lágrimas, un maridaje entre el horror y la inocencia, provoca extrañamiento y desemboca en respuestas extremas. Si se admite, si se participa de ese sudario lírico que retrata la furia homicida del fundamentalismo yihadista sin subrayados, sin acusaciones directas ni veredicto expreso; y se hace a través de una coreografía de belleza trémula en medio de tanta tragedia, la simpatía y la admiración hacia Timbuktu se impone.
Como un puzzle al que le han sustraído algunas piezas, como un tebeo al que le faltan páginas, así se comporta El destino de Júpiter, el último delirio de la pareja de cineastas más delirante de nuestro tiempo: los hermanos Wachowski. Lo fácil, lo obvio, nos conduce a descalificar completamente este filme contrahecho que gira en torno a una tierna historia de amor en un futuro cosido con fragmentos provenientes de cientos de referentes.
Las circunstancias históricas y su pertinencia pueden deformar la valoración y la manera en la que se percibe un filme en el momento de su estreno. De El último tango a La última tención de Cristo, de A Serbian Film a Yo te saludo, Maria, da igual que se trate de directores anónimos o de maestros consagrados; el exceso en las reacciones siempre se impone a su contenido. Cuando a un filme le rodea el escándalo, éste no puede ser visto sin el espejo deformante del ruido que le precede.





