El retorno de Terminator, la impactante fábula distópica sobre el duelo entre la máquina y el hombre, no lo hace a bordo de la farsa sino crucificado en la parodia.Y eso es lo grave. Que Terminator/Schwarzenegger ya no se respeta ni a sí mismo ni a lo que para otros significa. Terminator representa(ba) una de esas referencias emblemáticas de un tiempo.

Siempre hay precedentes. Pasos previos que pasaron desapercibidos en su día pero que, al mirar hacia atrás, resultan reveladores. Hay acuerdo en reconocer que antes del holocausto provocado por Hitler, hubo algunos ensayos previos. Por ejemplo, el escarmiento franquista, aquella matanza programada contra miles de prisioneros, falsamente liberados para darles un tiro de gracia, nos recuerda que detrás de la máscara de una guerra mal llamada civil, aquello sirvió para que la maquinaria del horror nazi engrasara sus zarpas.

En un momento determinado, Una segunda madre adquiere un tono amenazador, extraño, casi terrorífico. Corresponde al instante en el que el padre y el hijo de la familia en la que presta sus servicios esa madre que se gana la vida cuidando a un hijo ajeno y limpiando una casa que no le es propia, acechan a su hija. Es uno de esos instantes en que el cine se descubre como un lenguaje poderoso de maneras propias.

A James Cameron se le recuerda por sus empresas desmesuradas, por esos filmes mastodónticos que destrozaban hitos de recaudación al tiempo que abrían nuevas formas o imponían modelos a imitar. Nadie ignora que Cameron fue el creador de Titanic, de Avatar, de Terminator e incluso de la segunda entrega de Aliens.

Como la falla a la que designa su título, esta película está atravesada por una grieta que resquebraja de arriba abajo su contenido. A un lado, en el bando escópico, todo evidencia oficio, eficacia, ambición y por qué negarlo, incluso talento industrial. No es fácil crear esa sensación de apocalipsis por mucho dinero real o/y mucha pólvora virtual de la que se disponga.

En la fase principal, en el punto de fusión del argumento de Jurassic World, los protagonistas encuentran restos del primer Jurassic Park, aquel que comenzó todo consagrando a Spielberg como el director de moda de los años 90. Con esos restos, puras reliquias de cifenilia fervorosa, los personajes salvan el pellejo. Así, el cine nutre al cine, lo virtual se hace real y la aventura cobra tintes de renacimiento en un filme irreprochable porque da de sí todo lo que podía dar un proyecto que nace con los puntos cardinales de su territorio perfectamente prefijados.

Costaría trabajo, sin información previa, identificar que el director de La caza (2012), Submarino (2010), Querida Wendy (2005) y Celebración (1998) es la misma persona. Quién podría imaginar que el Thomas Vinterberg que hace dos décadas inventó, junto a von Trier, Dogma 95, acabaría resolviendo este pulcro, medido y fascinante melodrama romántico titulado Lejos del mundanal ruido.

Desde la secuencia inicial, una acción policial que se utiliza para describir el carácter de su principal protagonista y el por qué de su maltrecho estado de nervios, todo huele a producto televisivo. Para el minuto cinco, no cabe duda, Misericordia, como señala su título, es lo que hará falta al espectador para poder asumir que este divertimento carece de pretensiones de autor y originalidad; está huérfano de ingenio.

Leticia Dolera lo es todo en esta película que se encomienda a Woody Allen y se abraza a la comedia urbana española de un presente hecho de low cost y mucha labia. Dolera dirige, escribe y protagoniza una reflexión sobre una joven mujer que se siente diferente porque ni tiene pareja, ni casa, ni trabajo, ni vida social, ni aficiones, ni vida familiar. Como consecuencia, tampoco cumple el séptimo requisito para ser normal: ser feliz.