Se armó un escándalo cuando John Lennon dijo que los Beatles eran más conocidos que Cristo. La verdad es que su declaración resultaba indemostrable y que, en el fondo, no era sino fruto de una respuesta irreflexiva y quizá desquiciada del autor de Imagine ante el acoso que el grupo sufría en aquel tiempo. Lo que sí es comprobable es que Sherlock Holmes es el personaje (real o imaginario) más adaptado por el cine junto a Drácula y Jesucristo.

Desde el primer toque, las cosas están claras. Tras los tres primeros chistes que provocan hilaridad en la sala, las cartas se ponen boca arriba y la sombra de Aterriza como puedas (1980) pide pista. Su irreverente tono humorístico señala el camino. No es casualidad que el oficio del padre de familia de esta disparatada comedia llena de sobreentendidos y más yanqui que la hamburguesa de McDonald sea piloto de avión en una línea de low cost.

Si alguien lo ha analizado, lo desconozco. Pero la cuestión no admite dudas. ¿Por qué cuando se lleva al cine las aventuras y personajes nacidos en los tebeos se invierte la esencia de su naturaleza? Lo propio de estos personajes, nacidos en y para el papel como Los cuatro fantásticos, consiste en el seguimiento de sus aventuras. Sus lectores esperan las nuevas entregas pendientes de la calidad del nuevo enemigo y ávidos de más sorpresas que exijan de los héroes un esfuerzo mayor y de los guionistas una aventura más insólita.

Franceses y norteamericanos son especialistas en construir películas sobre ese estadio de perturbación pasajera llamado adolescencia. A ese subgénero, muchas veces resuelto en clave autobiográfica donde la voz del protagonista ejerce de narrador que secuencia a secuencia nos desvela los secretos de su diario personal, pertenece Ciudades de papel.

A Puccini lo mató un cáncer de garganta cuando escribía los últimos compases de Turandot. A Tom Cruise, esta entrega de Misión imposible atravesada por la ópera de Puccini, le ha salvado el cuello porque, tras encadenar una serie de fracasos seguidos, su figura renace gracias a este filme trepidante, hueco y entretenido. Digámoslo rápido. Misión imposible 5 es nada más que puro espectáculo, exaltación acrobática, pero también un solvente producto que se mueve en esa gama de cine de acción y espías a la que pertenecen Jason Bourne y James Bond.

En Hollywood, en el cine americano, el de Estados Unidos, no hay argumento descabellado ni relato que se perciba como insensato. Una de las sensaciones comunes a todo aquel que por primera vez viaja a Nueva York o a Los Ángeles, es comprender que todo el país no es sino un inmenso plató cinematográfico. Nada es irreal cuando lo real es (casi) todo. Así que ningún profesional del cine encuentra serios apuros en hacer verosímil que vuelen los superhéroes entre los rascacielos, que las tormentas de hielo paralicen Central Park o que los marcianos declaren la enésima guerra de los mundos.

La culpa no la tiene el realismo mágico, un ¿género?en cuyo nombre se cometen las barbaridades más injustificadas. La responsabilidad de lo mucho bueno y de lo bastante malo que agita la zozobra de El secreto de Adaline hay que buscarla en el casting, en el tono y en la puesta en escena. Hay en este filme motivos para aplaudir su existencia. Multitud de detalles brillantes, pequeños arabescos de ese buen cine que funde la inquietud con la emoción. Hay tantas buenas razones como momentos en los que la irritación se impone ante su tosca falta de sutileza.

En esa maravillosa trilogía, obra cumbre del cine de animación, llamada Toy Story, fugazmente, en el episodio de su conclusión, se veía la figura de Totoro, la criatura más (a)preciada del universo de Miyazaki. Y esa presencia era un homenaje, un cameo entendible como un acto sincero de respeto y complicidad. No es ningún secreto que Lasseter, padre de Pixar y reencarnación de Disney en la Disney del siglo XXI, admira la obra del cofundador de los estudios Ghibli.

Aunque Ant-man pertenece a la factoría Marvel y, aunque para la mayoría de sus espectadores se trata de un superhéroe de papel, sus orígenes tienen algunos precedentes ilustres tanto en el mundo literario como en el cinematográfico. Paradojas de una (in)cultura que ha mirado con suficiencia y desprecio el poder de los tebeos y su capacidad para reescribir en clave pop(ular) algunos de los fundamentos propios del poder simbólico de los mitos.

Sin ocultar su pretensión de aspirante a obra mayor, Rupert Goold, un director británico, casi un desconocido aunque con una cierta experiencia televisiva, se aplica con fervor y convicción en Una historia real. Y lo hace como merece un largometraje que representa su puesta de largo, su graduación, su prueba definitiva. Con ambición de autor; con gula de solvencia cinéfila; con la actitud de quien sabe que aquí se la juega.