Si se quedan hasta el final, después de los créditos, hallarán otro chiste. Ilustra el robo de la figura de Chaplin en un intento banal de perpetuar el destino del legado de Chaplin: atraer a los pícaros vagabundos como el que él representó. El gag no es bueno pero sirve para que se lean los créditos y se comprenda que algunos herederos de Chaplin colaboran aquí.

Se dijo esto en estas páginas. En el cine de Woody Allen, cada nueva película se comporta como un eslabón más de una obra férreamente entrelazada. Una pieza que se articula con la anterior y que abraza a la siguiente. Tan parecida como diferente, tan genéticamente reconocible como específicamente distinta a las demás.
Hace tiempo que Allen dejó de entender el oficio como si cada nueva película fuera la última.

Zarandeada en su paso por el festival internacional de cine de San Sebastián, Amenábar lo dijo de manera inmediata. Regresión, señaló, no es cine de festival. Tenía razón. Regresión, pese al serio intento de introducir sensatez en este tipo de filmes clavados al despropósito y el exceso, no adjunta en su interior los ingredientes necesarios para ser tratada como una obra de director.

Filadelfia es también el hábitat donde se ha (con)formado el universo de M. Night Shyamalan, un cineasta de origen hindú convertido en un Stephen King cinematográfico. Allí, una tras otra, nacieron sus obras: El sexto sentido, El protegido, Señales, El bosque, La joven del agua… En ese devenir, Shyamalan ha pasado de conocer el aplauso unánime a ser zarandeado y puesto en cuestión.

La espina dorsal de su argumento proviene de un transplante del guión de Bourne en un organismo que posee el corazón de un teenager amante de los tebeos. Eso provoca un extraño maridaje; un tono ambivalente que combina lo excesivo del thriller con lo hiperbólico del humor, una mezcla agridulce entre la acción y el chiste de sal gruesa y aceite espeso. Dicho así, cabría pensar en un monstruo bicéfalo y no es cierto.

Genio y figura, la obra de Julio Medem puede ser atacada desde mil frentes. Y desde mil frentes puede ser hecha añicos. Sus poemas han vivido en angustia extrema. Caótica Ana ejemplificó en grado sumo ese lanzarse a tumba abierta. Pero todas, desde Vacas hasta Ma Ma, obedecen a un ejercicio de coherente coherencia.

En ese cruce imposible entre el agente 007, llamado James Bond y el superagente 86, de nombre Maxwell Smart, nació Anacleto, el agente secreto. El alumbramiento ocurrió en 1964 y pronto se convirtió en uno de los más célebres personajes de Manuel Vázquez Gallego. Vázquez, autor igualmente de las hermanas Gilda, la abuelita Paz, la familia Cebolleta y Ángel Síseñor era, como ilustraba la película de Óscar Aibar, El gran Vázquez (2010), un freakie cuando el término aún no se había inventado.

Lo propio de Norah Baumbach es navegar a contracorriente, abrazarse a esos espacios de desajuste que poco tienen que ver con el mundo que Hollywood fabrica(ba). Eso lo supo ver uno de los más deslumbrantes talentos del cine actual, Wes Anderson, cuando contó con él como guionista. De hecho, quienes hayan disfrutado con The Life Aquatic y Mr. Fox sabrán (y creerán) reconocer aquí algunos sedimentos de su personalidad.

Morgan Freeman y Diane Keaton se dan un homenaje actoral y con él, realizan un encendido panegírico sobre las glorias de Nueva York y el privilegio de vivir en esa gran manzana que cada vez parece más una versión ¿adulta? de Disneylandia. Dicho de otro modo, Keaton y Freeman pasean con orgullo y disfrute el hecho de, como Bruce Springsteen, haber nacido en los USA.