El status de Fred Schepisi le condena a ese pelotón de directores cuyo nombre no se olvida nunca del todo pero al que nunca se le echa de menos. Está ahí y siempre al frente de películas destinadas a ser carne de pelotón, gregarios ajenos a los que nunca se les invitará a la noche del Oscar y raramente conseguirán récords de taquilla.
Hace 40 años, un filme oscuro y silencioso, puro blanco y negro interpretado por actores tan desconocidos que nunca más se les volvió a ver, provocó en las salas de cine un fenómeno extraño. Su argumento denunciaba una agresión sexual, un abuso de género en una sociedad primaria y rural. Alimentaba un microcosmos ubicado en un terreno inhóspito de pieles sin cronología y de personajes sin tiempo.
Desde su nacimiento al cine, la trayectoria de Isaki Lacuesta se ha significado por su falta de ortodoxia. Se diría que Lacuesta trata de regatear a su propia sombra especialmente cuando ésta ha sido saludada por el éxito y los parabienes. Fiel a ese ideario, en cada nuevo proyecto aparece con el paso cambiado respecto a lo que había sido su obra precedente.
¿Qué le quedaba por hacer a Russell Crowe después de haber interpretado a Máximo Décimo Meridio, el favorito del emperador Marco Aurelio, a Robin Hood, al campeón mundial de los pesos pesados James J. Braddock, al padre de Superman o a Noé, y después de haberse atrevido a poner no solo su figura sino también su voz al malvado Javert en Los Miserables? La respuesta la ha dado él mismo atreviéndose a pasarse al otro lado de la cámara.
Cantet abre su Regreso a Itaca a ritmo de guateque, para cerrarlo en clave intimista. Entre uno y otro momento transcurre una noche de confidencias, un puñado de horas para un reencuentro. Un cruce de duelos compartidos, de secretos silenciados que dejan de serlo porque acaso ya no importen. Su tiempo pasó y el que está por llegar pertenece a la incertidumbre. En ese nuevo amanecer concluye el filme, un nuevo renacer en el que ya nada será igual.
Alguno distribuidores españoles deberían ser multados. No les basta con echar por tierra el trabajo de quienes miman sus lanzamientos sino que, en un sector en crisis, acabarán por imponer sus métodos. Si hace escasas semanas se estrenaba con lamentable (y baratito) doblaje un filme tan necesario de respeto como Calabria, ahora se estrena La fiesta de despedida con el reclamo de que el espectador disfrutará de una comedia, bajo el espejismo de que aquí hay humor.
Las crónicas de Cannes de 2014 no dejaban lugar a dudas. Con Lost River, así lo dijeron y escrito quedó, los críticos (al menos el sector más vocinglero) hicieron sangre. El primer largometraje dirigido por el actor más en forma del momento, Ryan Gosling, fue despedido con acritud y rechiflas. Sobre todo porque, al contrario de otros actores que decidieron dirigir, de Clint Eastwood a Robert de Niro y George Cloney, todos ellos cineastas de orden y sentido común, Gosling no tomó como modelo un cine canónico.
Con el comienzo del siglo XXI, cambió la suerte de Yôji Yamada. Durante muchos años, el veterano realizador japonés se dedicó a cultivar una suerte de serial cinematográfico en torno a un personaje peripatético: Tora-san. A lo largo de treinta años Yamada aplicó su oficio y talento al servicio de un personaje de enorme predicamento en Japón, pero de escaso interés fuera de su país de origen. La muerte del actor que durante décadas encarnaba al protagonista de ese folletín por entregas y la desaparición de los grandes referentes del cine japonés del tiempo clásico, colocó a Yamada en una posición envidiable de reinvención.
Inspirada en hechos reales, con precedentes ilustres que por un lado nos llevaría al Truffaut de El pequeño salvaje (1969) y por otro a El milagro de Anna Sullivan (1962) de Arthur Penn, dos referentes de notable peso específico, Jean-Pierre Améris se sumerge en el relato del extraordinario esfuerzo de una monja empeñada en rescatar de su aislamiento a una niña sorda y ciega condenada a priori a vivir en un mundo de soledad.
En Calabria (Anime nere) se asiste al crepúsculo de un tiempo oscuro. Su paisaje ata el Milán del diseño, el lujo y la cocaína a la milenaria ruralidad de aldeas montaraces habitadas por cabras y miseria. En ese viaje de retorno, en un gesto que imita el periplo que en The Omen se hacía para buscar la semilla del mal, Francesco Munzi se abisma en la punta occidental del confín de esa Italia que se mira en Sicilia.

