Escasamente conocida entre nosotros y, por lo tanto, en absoluto recordada, Lee Israel fue una reconocida autora de biografías que en los años 60 y 70 cosechó notables ventas y un indiscutido prestigio. Fue autora de semblantes como los dedicados a Katherine Hepburn, una inmersión emocional que buceó en la legendaria historia de amor entre la actriz de “La fiera de mi niña” y Spencer Tracy.

Cuando La directora libanesa Nadine Labaki presentó en mayo de 2018, “Cafarnaun” en Cannes, festival del que salió bendecida por el público y beneficiada por el palmarés, afirmó algo así como “prefiero hacer pornografía emocional antes que ser cínica”.

El barro que modela esta reflexión histórica entre dos reinas británicas, la que da título al filme y su prima Isabel de Inglaterra, sabe del teatro. Su médula espinal proviene del verbo y, como tal, son los diálogos quienes marcan su primer atributo, el principal tesoro, de un filme que no llega a la perversa brillantez de “La favorita”, pero que ofrece muchos atractivos.

Hay demasiadas circunstancias en “High Life” como para despacharla con una crónica de urgencia. Por ejemplo, el peso de su realizadora, Claire Denis, una cineasta veterana que llegó a la dirección tras aprender el oficio al lado de vacas sagradas como Rivette, Jarmusch, Wenders y Costa Gravas…

Ante la visión de “Basque Selfie” cabría preguntarse por la naturaleza de este filme atípico, una producción doméstica en torno a un trikitilari atribulado porque los planes de urbanismo han condenado a muerte el viejo baserri familiar que, por otro lado, amenaza ruina.

Este blues al que hace referencia el título del segundo largometraje de Barry Jenkins entona una melodía triste para acompasar un melodrama surgido para reivindicar desigualdades y ganar premios allí donde vaya. Jenkins ya evidenció su oficio y su estilo con su primer filme, “Moonlight”, una película con deudas autobiográficas y voluntad conciliadora.

Hay una sincronía entre el movimiento de su protagonista, un incombustible ladrón de bancos al que le da rostro Robert Redford, y el ritmo de la película. Se nos ha dicho que Redford se retira como actor con “The Old Man and the Gun” y, ciertamente, los 82 años que ha los lleva inscritos en las arrugas de la piel y en la dificultad con la que mueve su cuerpo.

La línea que separa la genialidad de la locura, la excelencia del delirio o el arte del asesinato, por muy sutil y delgada que sea, existe. Ese último velo lacaniano (la belleza, lo sublime) que nos separa de la Cosa, se lo salta Lars von Trier con una propuesta tan inteligente como perversa; tan repleta de significados colaterales como monocorde en la manifestación de un narcisismo infectado por la misoginia y la psicosis.