Nada, o casi nada, es lo que parece ser con (y en) “Benedetta”. Las prohibiciones de Rusia, la recogida de firmas de Perú o la frialdad de Cannes, no dañan la superficie de acero de un filme casi testamentario a cargo de un Paul Verhoeven que ha cumplido los 82.

Maixabel Lasa, o sea la figura que sostiene esta película abordada con actitud artesanal y sumo respeto por Icíar Bollaín, se convierte en santo y seña de cuanto impera en una recreación que dice hablar sobre el perdón, pero que se debe a la ilustración de una actitud tan ejemplar como insólita.

Elsa Amiel formaliza esta extraña incursión en el mundo del culturismo profesional apoyada en dos columnas, en dos géneros entre sí antagónicos pero que, a veces, si se perfilan bien, se fusionan con destreza. Solo en esos casos excepcionales, esos opuestos maridan hasta lograr un extraño equilibrio.

Con motivo de su primer largometraje, “Un otoño sin Berlín”, debut de entusiasmos juveniles y reflejos autobiográficos, concluía mi impresión sobre aquel filme especulando en positivo sobre las posibilidades de su autora, Lara Izagirre.

Itsván Szabo nació en plena guerra civil española, (Budapest, 18 de febrero de 1938), cuando el Ebro se preparaba para la más sanguinaria batalla de su historia. En ese tiempo, Szabo era demasiado niño pero su adolescencia y juventud supo del totalitarismo stalinista, de la guerra fría y de sus demonios.