«Urchin» es un vocablo proveniente de un inglés antiguo que puede traducirse como «erizo». Su aplicación en la película Urchin de Harris Dickinson se sustancia para definir la personalidad de Mike (Frank Dillane), un joven marginal perdido en la calle, prisionero de su adicción, alma a la deriva.
Fernando Franco, su cine, no es complaciente ni con la taquilla ni con ese público de necesidad escópica y hambre de chucherías. No es un autor fácil, ni frívolo, ni de digestión rápida. Y en ese sentido, «Subsuelo» da pruebas fehacientes de cómo respira este director que transita, como un lobo solitario, al margen de las tendencias y familias del cine español hegemónico en apoyos y prebendas.
Para no andar con rodeos, conviene adelantar que la prosa de Kelly Reichardt (Miami, 1964) está más cerca de provocar sensaciones radicales al estilo de «El comediante» de Maurizio Cattelan, o sea el famoso plátano vendido por 6,2 millones de dólares, que de asomarse al serenísimo realismo helado de edificios y flores de Antonio López.
Guillermo del Toro comienza su incursión en la reescritura del mito de Frankenstein, allí donde terminaba la mirada de Gonzalo Suárez en Remando al viento, en mitad de la nada helada. A modo de preámbulo, con los esfuerzos de la tripulación de un barco varado por el hielo, se inicia un periplo articulado en dos capítulos.
Salvo para los fans de Blur, quienes devoraron No Distance Left to Run, un documental donde se plasma el nacimiento, ascenso, muerte y renacimiento del grupo británico, el nombre de Dylan Southern resulta desconocido. Pero desde aquel 2010, año de estreno de su documental, Southern ha seguido incursionando en la escena musical como documentalista.






